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El castillo de Loarre - UNA VIDA INTEGRAL

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El castillo de Loarre

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EL CASTILLO DE LOARRE


El castillo de Loarre, también llamado castillo-abadía de Loarre, se alza sobre un espolón rocoso de la sierra del mismo nombre, en la comarca de la Hoya de Huesca, en España. Es considerado con frecuencia la fortaleza románica mejor conservada de Europa, y reúne en un solo recinto tres funciones que la Edad Media rara vez combinó con tanta claridad: la militar, como puesto fronterizo frente al islam, la regia, como residencia y centro de poder de los primeros reyes de Aragón, y la religiosa, como comunidad de canónigos regulares de San Agustín. Loarre se sitúa en las estribaciones meridionales del Prepirineo, en el punto en que la sierra se asoma a la llanura de la Hoya de Huesca. El castillo ocupa un promontorio rocoso que cae casi en vertical por su lado sur y que domina, a sus pies, la depresión por la que se extienden hoy las tierras de cultivo y la villa de Loarre. Desde sus torres se abarca una amplia panorámica que alcanza la Sotonera y, en días claros, buena parte de la Plana de Huesca.

Esta posición explica su razón de ser. Quien controlaba Loarre vigilaba el paso entre las tierras altas, de dominio cristiano, y el llano, que en el siglo XI pertenecía todavía a los territorios musulmanes agrupados en torno a Wasqa (Huesca) y a otras plazas como Bolea y Ayerbe. El enclave formaba, junto con castillos próximos como el de Marcuello, un sistema defensivo de avanzada sobre la frontera. Para llegar, la ruta más habitual desde Huesca discurre por las carreteras A-132 y A-1206. Cerca de la localidad se encuentran también los célebres Mallos de Riglos. A comienzos del siglo XI, el valle del Ebro y sus afluentes estaban repartidos entre los reinos cristianos del norte y las taifas musulmanas surgidas tras la desintegración del califato de Córdoba. La Hoya de Huesca era tierra de frontera: un espacio de batallas menores, escaramuzas, de pactos entre parias y de construcción de castillos que servían a la vez de refugio, de torre de vigía y de base de operaciones.

Fig. 1: Vista del Castillo de Loarre y la muralla.




El origen del castillo se atribuye tradicionalmente al rey Sancho III Garcés, llamado el Mayor, rey de Pamplona de 1004-1035, que hacia el año 1020 ordenó levantar aquí una fortificación como avanzadilla sobre la Hoya de Huesca. De aquella primera fase procede el núcleo más antiguo del conjunto, de carácter puramente militar y de estética sobria y vinculada a lo que algunos autores denominan arquitectura lombarda. A este núcleo se fueron adosando después las construcciones posteriores. El gran salto del castillo llega con Sancho Ramírez, nieto de Sancho el Mayor, rey de Aragón y de Pamplona. En 1068 el monarca viajó a Roma y se hizo vasallo de la Santa Sede, lo que vinculó a su reino con las reformas gregorianas y con la introducción del rito romano en lugar del hispánico. Hacia 1070 recuperó Loarre, que había estado brevemente en manos musulmanas, y poco después, en 1071, el papa Alejandro II emitió una bula por la que tomaba bajo su protección el monasterio de Loarre, cuya fundación debía llevar a cabo el rey junto con el abad de San Juan de la Peña y el legado pontificio.

Sancho Ramírez instaló en el castillo una comunidad de canónigos regulares de San Agustín y emprendió una ampliación a gran escala: se levantaron la iglesia de San Pedro, la cripta, la escalera monumental, las dependencias palaciegas y monásticas y se reforzó el perímetro defensivo. Loarre se convirtió en la base desde la que el rey preparó la ofensiva contra Huesca. Sancho Ramírez murió en 1094 durante el asedio de esa ciudad. Su hijo y sucesor, Pedro I, culminó la empresa y Huesca cayó en 1096 tras la batalla de Alcoraz. Con la frontera desplazada hacia el sur, Loarre quedó en la retaguardia y perdió buena parte de su valor estratégico. En 1097, Pedro I donó los bienes de Loarre al nuevo monasterio real de Montearagón, lo que supuso el comienzo del declive de la comunidad religiosa del castillo, aunque la función eclesiástica se mantuvo durante siglos. Con el avance de la Reconquista y la pacificación del territorio, la población que vivía al amparo del castillo fue descendiendo al llano, fundando la villa actual de Loarre en el siglo XV. A lo largo del siglo XVI el conjunto fue quedando abandonado y sus materiales fueron aprovechados por los vecinos. Paradójicamente, ese abandono temprano y la ausencia de reformas posteriores es una de las razones por las que el castillo conserva hoy su aspecto románico casi intacto. En 1906 es declarado monumento nacional y entre el siglo XX y XXI es restaurado.

El castillo de Loarre no es un edificio unitario, sino una suma de cuerpos adaptados a la roca y delimitados por una muralla. Esta adaptación al terreno es su rasgo más singular: la iglesia, la escalera, la cripta y las torres se escalonan a distintas alturas y se encajan en el desnivel, de modo que la propia construcción actúa como parte de la defensa. Quien contempla el castillo desde la fachada sur ve, sobre todo, el ábside de la iglesia y la muralla como un único frente. La muralla y los torreones forman el recinto exterior, de aproximadamente una hectárea, formado por una muralla reforzada con torreones semicirculares. El número varía según las fuentes: unas hablan de nueve torreones en el lienzo sur y otras de once en el conjunto del perímetro. La puerta de acceso se abre en este recinto y da paso al camino que conduce al cuerpo principal del castillo, bajo la vigilancia de las torres y del propio edificio de la iglesia.

Fig. 2: La iglesia, el altar, la cúpula y el fondo.




La Torre del Homenaje mide unos 22 metros de altura y cuenta con cinco plantas. Se comunica con el resto del castillo mediante un puente o pasarela que, según algunas descripciones, sustituyó una antigua estructura de madera por un arco de piedra en época de Sancho Ramírez. Algunos autores sostienen que originalmente funcionó como torre albarrana, es decir, avanzada y apartada respecto del resto del conjunto. La Torre de la Reina, de tres plantas, se sitúa sobre el acceso a la parte militar del castillo, y ofrece un excelente mirador sobre la sierra y los llanos que se abren a sus pies. La Torre Norte se considera que fue el lugar de residencia de los señores o alcaides del castillo. En torno al patio de armas se organizan los espacios de la fase de Sancho Ramírez: el edificio real o palacio, la pequeña capilla, las estancias militares y de servicio, los aljibes y los calabozos. En el sector norte, detrás de la Torre del Homenaje, se disponen las dependencias de la comunidad monástica, con arranques de arcadas que sugieren varias alturas y salas que debieron servir de almacenes. Entre los elementos más llamativos de esta zona figura la galería de ventanas geminadas.

La iglesia de San Pedro es la pieza más importante del conjunto y, con excepción de la catedral de San Pedro de Jaca, es uno de los templos románicos de mayor tamaño y rango de los construidos en Aragón en aquella época. Su planta es de una sola nave con ábside semicircular, cuando por categoría y calidad debería haber sido de tres naves, pero la falta de espacio lo impidió. El ábside elevado y reforzado se alza con gran verticalidad gracias a columnas-contrafuerte sobre pilastras a distintas alturas, y forma parte de la defensa de la fortaleza. Entre la nave y el ábside se abre una cúpula de unos 26 metros de altura, apoyada en trompas, solución muy poco habitual en el románico peninsular y que constituye uno de los grandes atractivos del edificio. La ornamentación y el aspecto escultórico se vinculan al taller que trabajó en la catedral de Jaca, foco difusor del románico en Aragón. Detalles como la posición de ciertas aspilleras sugieren un cambio en el proyecto, entendido como adaptación a la nueva forma de construir ligada a la dependencia de Roma tras el viaje de Sancho Ramírez en 1068.

Bajo la iglesia, a un lado de la escalera de acceso, se abre la cripta de Santa Quiteria, un espacio semicircular cubierto con bóveda de cañón y excavado en parte en la roca. Se la ha relacionado con la veneración de las reliquias de San Demetrio, santo mártir patrono de los gladiadores, hoy conservadas en la iglesia parroquial de Loarre. La cripta es célebre por su acústica y su atmósfera, y su disposición permite que sobre ella descanse la cabecera de la iglesia, aprovechando el desnivel del terreno. Una de las partes más ingeniosas del conjunto es la escalera que sube a la iglesia por debajo de la nave. Flanqueada por el cuerpo de guardia y por la cripta, está cubierta con bóveda de cañón y resulta, por sí misma, una obra notable de arquitectura y diseño que convierte el acceso en un recorrido ascendente y controlado para la defensa que prepara al visitante para la entrada al templo. Se emplea piedra de la propia sierra, con un aparejo más cuidado en las partes de la fase ramirense. En numerosos bloques se observan marcas de cantero, signos lapidarios como círculos o triángulos, que permitían identificar al responsable de cada tramo, un testimonio directo de la organización del taller medieval.

Fig. 3: Otras dependencias del castillo de Loarre.




La decoración escultórica se concentra en el interior de la iglesia, especialmente en los capiteles del ábside, que combinan motivos vegetales, figuras humanas, bestias fantásticas y escenas bíblicas. Es una iconografía típica del románico, pensada para instruir al fiel y recordar la lucha entre el bien y el mal. Los vínculos con la catedral de Jaca son claros y permiten situar al castillo de Loarre en el contexto del llamado románico jaqués, que se extendió por el Alto Aragón, el camino de Santiago y Navarra. En cambio, se desconoce el paradero de las pinturas románicas que, según algunos autores, pudo albergar la iglesia. La convivencia de lo militar y lo sagrado no es una peculiaridad anecdótica, expresa la concepción de la monarquía aragonesa en el último tercio del siglo XI, en la que la expansión territorial se legitimaba con el respaldo del papado y la reforma eclesiástica.

El castillo fue declarado Monumento Nacional el 5 de marzo de 1906 y con la legislación actual cuenta con la categoría de Bien de Interés Cultural, en la modalidad de monumento. Desde principios del siglo XX ha sido objeto de diversas campañas de consolidación y restauración que han permitido mantener en pie la mayor parte de sus estructuras, y hoy se gestiona como un recinto visitable. El principal reto de conservación sigue siendo el que plantean todos los conjuntos medievales expuestos a la intemperie: la erosión de la piedra, las filtraciones, la presión del turismo y el equilibrio entre el uso cultural y la integridad del monumento. El aspecto medieval del castillo lo ha convertido en un escenario cinematográfico muy solicitado. La producción más conocida es “El reino de los cielos”, en 2005, de Ridley Scott, en la que Loarre dio vida a fortalezas de Tierra Santa durante las Cruzadas; muchos vecinos del pueblo participaron como extras. Entre otras obras rodadas allí se citan “Valentina” (1982), “Miguel y William” (2006), la serie “El Ministerio del Tiempo” y el programa televisivo “La noche de los castillos”.








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