El Hijo Consecuencia de una Infidelidad
GENEALOGIA HUMANA > SITUACIONES GENEALÓGICAS ESPECIALES
- GENEALOGÍA –
- LAS SITUACIONES GENEALÓGICAS ESPECIALES -
EL HIJO CONSECUENCIA DE UNA INFIDELIDAD
El
origen de la concepción de una persona, es decir, las circunstancias en que fue
engendrada, no determina por sí mismo su personalidad del futuro ser. Lo que sí
va a influir, aunque de forma variable, es el modo en que ese origen fue vivido,
silenciado, escondido, revelado o gestionado emocionalmente por la madre, su
pareja habitual, el padre biológico y el resto del sistema familiar y social. Hay
que resaltar que dos personas con historias de origen similares pueden
desarrollar personalidades, formas de ser, vínculos afectivos y niveles de
bienestar completamente distintos. Con frecuencia, además, la madre suele
intentar colocar ese embarazo dentro de su propio sistema familiar como si
fuera hijo de su pareja, en lugar de provenir de otro hombre con el que tuvo la
relación sexual que generó el embarazo.
La pregunta de cómo influye en
un hijo o hija el hecho de haber nacido en el contexto de una infidelidad
materna combina dos componentes: la parte psicológica y la parte genealógica. En
el plano psicológico y relacional hay que ver cómo el secreto, la revelación,
el clima emocional familiar y los vínculos de apego moldean el desarrollo de la
personalidad. En el plano genealógico hay que estudiar de qué forma la historia
familiar de lealtades, secretos, lugares asignados dentro del árbol genealógico,
se transmite de una generación a otra, la mayor parte de las veces de forma
inconsciente, teniendo muy en cuenta que el hijo va a tener el sistema familiar
extra del padre biológico. La personalidad se forma por la interacción de factores
innatos, los vínculos familiares en la infancia y adolescencia, las experiencias
vitales propias y el contexto social y cultural.
Fig.1= Una infidelidad puede dar origen a un embarazo.
En los hogares donde una
infidelidad materna generó posteriormente inestabilidad en la pareja, tensión
conyugal crónica, separación o un ambiente de hostilidad encubierta, el hijo
puede estar expuesto a factores de riesgo bien conocidos sobre conflicto entre
los padres, lo que dará una mayor probabilidad de desarrollar en el hijo un carácter
inseguro, ansioso, evitativo o desorganizado, hipervigilancia emocional y
dificultad para regular las propias emociones. Estos efectos, sin embargo, se
derivan del conflicto y la inestabilidad del entorno, no del hecho biológico de
la infidelidad en sí. Cuando, por el contrario, los adultos logran contener el
conflicto de pareja y sostener una crianza estable, cálida y predecible, independientemente
de cómo se haya originado el embarazo, el niño puede desarrollar una
personalidad bastante normal. Si la mujer ocultó el origen del embarazo incluso
a su pareja, se eliminan muchas tensiones con el resto de la familia, pero
persiste el efecto sobre el hijo del secreto de la madre.
Los secretos familiares pueden
tener un fuerte impacto sobre el proceso de desarrollo de la personalidad de un
hijo. Un secreto de esta naturaleza, en el que el hijo no sabe su origen, lo descubre bruscamente, no lo reconoce,
lo rechaza, se siente engañado o la familia no lo expresa, tiende a generar una
“lealtad invisible”, un pacto no verbalizado en el que todos los miembros saben
que algo no se dice, aunque nadie lo nombre explícitamente. Puede surgir una sensación
difusa en el hijo de que algo no encaja en su historial, sin poder nombrarlo,
especialmente en la infancia y la adolescencia, puede haber una hipersensibilidad
a la incongruencia entre lo que se dice y el clima emocional real de la familia,
en forma de “doble vínculo”, también puede aparecer problemas de confianza
básica, tanto en el vínculo con los padres como, más adelante, en relaciones de
pareja. Todo esto puede complicarse si el padre biológico pretende ocupar un
espacio dentro del proceso de desarrollo de ese hijo o incluso lo reclama como
propio revelando el secreto.
Se considera que ciertos
patrones emocionales, lealtades y misiones inconscientes se transmiten de
generación en generación, lo que se puede observar a través de un árbol genealógico, muchas veces ligados a
hechos no conocidos, como secretos, duelos no resueltos, exclusiones o
vergüenzas familiares. Visto así, un hijo nacido de una infidelidad puede, en
algunas familias, ocupar simbólicamente un lugar difícil en el árbol
genealógico, que puede ser motivo de vergüenza para unos, motivo de amor y
afirmación para otros, o quedar en medio de lealtades divididas entre la
familia de la madre, la del padre oficial y la del padre biológico. Este lugar difícil,
cuando no se expone ni se trabaja, puede expresarse en la vida adulta como la sensación
de no pertenencia, una culpa difusa sin origen claro o la dificultad para
sentirse con derecho a existir o a pertenecer plenamente.
Fig.2= El árbol genealógico muestra una alteración que
puede marcar la personalidad.
No es lo mismo que el hijo conozca su origen biológico desde la
primera infancia, integrado con naturalidad, que descubrirlo de forma abrupta,
tardía o accidental, por ejemplo, mediante una prueba de ADN, un comentario de
terceros o una discusión familiar. La psicología del trauma señala que las
revelaciones inesperadas y fuera de un contexto de contención emocional tienden
a generar mayor impacto en la identidad y la confianza que las que se comunican
con acompañamiento y honestidad progresiva. El vínculo con el padre, sea el
biológico, el oficial o quien haya ejercido la función paterna, tiene un peso muy
importante. Cuando el padre de crianza mantiene una relación afectiva estable y
no condiciona su afecto al vínculo biológico, el impacto identitario suele ser
considerablemente menor que cuando el descubrimiento se acompaña de rechazo,
distancia o retirada afectiva. El conflicto de pareja sostenido, la hostilidad,
la triangulación del hijo al usarlo como mensajero, aliado o testigo de un
conflicto adulto, y la falta de cooperación son predictores mucho más importantes
de dificultades emocionales infantiles que el hecho de la infidelidad en sí
mismo.
El contexto cultural y familiar en el que ocurre, si existe
juicio moral explícito, señalamiento, comentarios despectivos de familiares
extendidos, o si, por el contrario, se maneja con discreción y respeto hacia el
niño, incide directamente en la autoestima y en la identidad que la persona
construye sobre sí misma. El temperamento innato de cada niño, la mayor o menor
sensibilidad emocional, la presencia de otras figuras de apoyo, como abuelos,
hermanos, docentes, terapeutas, y los recursos de cada persona explican en gran
parte por qué, ante circunstancias objetivamente similares, dos personas pueden
construir trayectorias emocionales muy distintas. No hay que olvidar tampoco
que algunos rasgos genéticos como el aspecto corporal, algunos rasgos raciales,
el color del pelo, el color de la piel o el de los ojos, pueden evidenciar en
el niño de cara a la sociedad el origen diferente en relación al padre oficial.
Todo miembro de un sistema familiar, incluido un hijo
nacido de una relación paralela, tiene el mismo derecho de pertenencia que
cualquier otro. Cuando la familia excluye simbólicamente a esa persona, por
ejemplo, evitando mencionar su origen, o tratándolo de forma diferente a otros
hermanos, se genera una exclusión sistémica, que tiende a repetirse o
compensarse en generaciones posteriores hasta ser reconocida. El hijo puede
sentir, sin poder explicarlo racionalmente, una tensión entre la lealtad hacia
la madre, hacia el padre oficial o de crianza y hacia el padre biológico, si
este es conocido. Esta tensión de lealtades puede expresarse en patrones de
sabotaje inconsciente del propio bienestar, dificultad para tomar partido emocionalmente,
o sentimiento de deuda afectiva hacia figuras ausentes. Los patrones
relacionales no resueltos, como secretos, infidelidades o rupturas, tienden a
repetirse en generaciones sucesivas hasta que son hechos conscientes y
elaborados.
Fig.3= Buenas relaciones familiares a pesar de la
infidelidad.
Para el abordaje y
acompañamiento de estas personas es necesario evitar el silencio sostenido en el tiempo, ya que los secretos familiares tienden a generar más
ansiedad por su ambigüedad que por el contenido mismo, una vez este se conoce
con honestidad y en su adecuado contexto. Hay que adaptar la comunicación a la
edad y madurez emocional de la persona, priorizando siempre un entorno de comprensión
y no de confrontación o culpa. Es bueno separar el vínculo afectivo del dato
biológico en sí, ya que la función de padre o madre se construye cada día y no
se define exclusivamente por la genética. Es necesario trabajar el conflicto de
pareja, si existe, de forma independiente al vínculo con los hijos, para no
triangularlos en el conflicto adulto. Se recomienda buscar un apoyo profesional
cuando la persona adulta experimente malestar significativo relacionado con su
historia de origen.
.