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Adicción a los Tatuajes - UNA VIDA INTEGRAL

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Adicción a los Tatuajes

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LA ADICCIÓN A LOS TATUAJES


El tatuaje se ha convertido en una práctica en crecimiento en muchos países occidentales que afecta, según las encuestas recientes, a cerca de un tercio de los adultos en Estados Unidos y se estima que hay proporciones similares en buena parte de Europa y Latinoamérica que llevan al menos uno. En este contexto, es frecuente oír hablar de adicción a los tatuajes para describir a personas que sienten un impulso persistente a tatuarse de nuevo, que acumulan tatuajes en una gran superficie de la piel del cuerpo y de las mucosas o que no pueden dejar de tatuarse a pesar a conocer las consecuencias negativas de hacerlo. Existe evidencia clínica y de investigación que respalda que una cantidad creciente de personas desarrolla un impulso de tatuarse de forma compulsiva o problemática, mostrando rasgos que recuerdan a las adicciones a comportamientos, con búsqueda de sensaciones nuevas, deseo de impactar en su entorno, generar una marca que le haga especial o diferente, provocar un estímulo emocional entre el dolor y la recompensa por el resultado, además de tolerancia y necesidad de hacerse más y más tatuajes.

El tatuaje ha pasado de ser una marca asociada a grupos marginales, como marineros o presidiarios, a ser una forma extendida de expresión personal, estética y simbólica. Esta normalización de su uso ha traído un fenómeno asociado: algunas personas relatan que, tras el primer tatuaje, no pueden parar de hacerse más. Foros, medios y la propia cultura tatuadora emplean el término adicción de manera habitual para describir su comportamiento, a veces con orgullo y a veces con angustia. Es necesario comprobar si esa actitud encaja en los criterios de una adicción a comportamientos, describir las motivaciones y los mecanismos psicológicos y biológicos que podrían explicar el tatuaje repetido, identificar los factores de riesgo y las señales de alarma, revisar los riesgos sanitarios y las consecuencias psicosociales, además de proponer recomendaciones alternativas para las personas y sus familias en el caso de menores.

Fig.1= Tatuadores.




Los tatuajes son prácticas corporales que se encuentran en diferentes civilizaciones y que persisten a lo largo del tiempo. Culturas polinesias, maoríes, egipcias, japonesas, amazónicas o bereberes han empleado el tatuaje con funciones rituales, de estatus, de pertenencia o protectoras. La palabra "tatuaje" procede del término polinesio tatau, difundido en Occidente tras los viajes de James Cook en el siglo XVIII. En el siglo XX el tatuaje quedó asociado en Occidente a marineros, militares, bandas y entornos carcelarios, lo que alimentó su estigma. Desde los años noventa, y de forma acelerada desde 2010, se ha producido su difusión masiva en clases medias, hombres, mujeres y profesionales de todo tipo. Las encuestas muestran un crecimiento sostenido. En Estados Unidos la proporción de adultos tatuados está en torno 30% de la población y en jóvenes llega al 40%. En Europa, Alemania, Italia, Suecia o España presentan prevalencias que oscilan, según el estudio, entre el 10 % y el 30 % de la población adulta.

Son varios los motivos actuales por lo que la gente se tatúa algo en su piel o en sus mucosas. Una de ellas es potenciar la expresión de la propia identidad, de la individualidad o como mensaje de los valores personales. Otra tiene que ver con la memoria y duelo, el recuerdo de seres queridos, momentos vitales, experiencias de superación, recuerdos de eventos, fidelidad a parejas o amigos u evocación de la familia. Otras tienen que ver con la afiliación, la pertenencia a un grupo, ideología, comunidad o familia. Otros se realizan por estética con el objetivo de embellecer ciertas zonas, para esconder defectos corporales o por seguir alguna moda. Otras se utilizan como forma de reafirmación tras experiencias de enfermedad, cirugía, sufrimiento o pérdida. También se usan para la búsqueda de sensaciones nuevas, el deseo de experimentar el proceso, realizar un rito o el deseo de transgredir en adolescentes y jóvenes. Es frecuente verlo como consecuencia de la imitación, la influencia de amistades, parejas, celebridades y redes sociales. Cuando el tatuaje pasa de ser un medio para expresar algo a ser un fin en sí mismo, impulsado por la necesidad de la sensación o por la incapacidad de detenerse, puede entrar dentro del terreno de la adicción.

La investigación neurobiológica directa sobre el tatuaje compulsivo es muy escasa, pero algunos comportamientos asociados al tatuaje pueden estar relacionados con las endorfinas y la analgesia, ya que el dolor agudo y controlado activa los sistemas opioides endógenos. La liberación de endorfinas puede producir analgesia y una sensación de bienestar posterior, que muchas personas describen tras las sesiones largas. El sistema de recompensa asociado a la fabricación de dopamina puede activarse con el proceso de anticipación, el ritual y el resultado visible que se promociona en la red social, lo que refuerza la conducta como ocurre con otras actividades gratificantes. El tatuaje activa el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal y el sistema simpático de cortisol y adrenalina; la intensidad fisiológica que se vive en el momento seguida de la calma posterior puede resultar reforzante. En conductas repetidas, los refuerzos intermitentes y variables en cada sesión o en cada diseño nuevo tienden a consolidar los hábitos persistentes.

Fig.2= Personas tatuadas.



Para poder diagnosticar esta adicción es necesario valorar la presencia de algunos factores, como la pérdida de control al no lograr posponer ni reducir las sesiones, planificación del siguiente tatuaje antes de que se haya curado el anterior. La presencia de una emocionalidad sustitutiva de otros problemas como el intento de calmar la angustia, la rabia o de llenar un vacío; la persona siente malestar intenso cuando no puede hacerlo. La presencia de una escalada de forma que se necesitan sesiones más largas, más dolorosas o más frecuentes y en zonas más delicadas del cuerpo o peligrosas; una vez superada la primera etapa, cada tatuaje pierde interés y deja de ser satisfactorio. La persona desprecia las consecuencias para su salud, se tatúa sobre piel no cicatrizada o heridas, se ignoran o minimizan las complicaciones o efectos secundarios, y se recurre a tatuadores no profesionales o a técnicas caseras. La persona se gasta más de lo que puede permitirse, se endeuda o sacrifica necesidades básicas. Existen conflictos repetidos con la familia o la pareja, ocultación de la conducta y problemas laborales. La presencia de arrepentimiento o remordimiento recurrente tras tatuarse, seguido de nuevas sesiones para taparlo o corregir la sensación. Pensamiento y preocupación persistente e intrusiva por los diseños, la piel libre y el próximo tatuaje.

La repetición de los tatuajes incrementa la exposición a riesgos como infecciones bacterianas locales, infecciones por micobacterias atípicas, contagio de enfermedades como la hepatitis B, hepatitis C y el VIH, especialmente en entornos no regulados. Puede haber reacciones cutáneas alérgicas o inflamatorias, sobre todo a los pigmentos rojos. Algunos problemas pueden aparecer incluso años después del tatuaje por el efecto de las tintas y el deterioro de la dermis. También pueden aparecer cicatrices hipertróficas o queloides en personas predispuestas. Los tatuajes pueden interferir en la observación dermatológica de lesiones pigmentadas, tumores y dificultar la detección del melanoma. La composición de las tintas es un problema ya que algunos pigmentos contienen tóxicos, metales y otras sustancias que pueden ser perjudiciales para la salud. También pueden interferir en la realización de algunas pruebas médicas por el efecto de artefacto de las tintas en pruebas de imagen como la resonancia magnética. La eliminación de los tatuajes puede generar importantes problemas de salud y puede dejar secuelas.

La adicción a los tatuajes puede acarrear consecuencias psicológicas, sociales y económicas. El arrepentimiento es una consecuencia psicológica relativamente frecuente en la población general; los estudios sitúan la proporción de personas con algún grado de arrepentimiento entre aproximadamente el 15 % y el 25 %, con grandes variaciones según el diseño de la encuesta, y puede encadenarse en un ciclo: tatuaje, alivio transitorio, culpa o insatisfacción y nuevo tatuaje. En el mundo laboral, aunque el estigma ha disminuido notablemente, siguen existiendo sectores y contextos donde los tatuajes visibles en la cara, el cuello o las manos pueden limitar algunas oportunidades laborales o provocar discriminación, aislamiento o conflicto personal. También puede tener efectos en la economía de la persona ya que un tatuaje de calidad puede llegar a costar desde cientos hasta miles de euros. La acumulación de sesiones, junto con posibles correcciones o eliminaciones posteriores, puede suponer una carga monetaria importante, especialmente cuando el gasto se mantiene pese a dificultades económicas.

Fig.3= Personas con tatuajes muy extensos.



No hay un tratamiento específico para la adicción a los tatuajes, pero se suelen seguir las mismas pautas y recomendaciones que se utilizan en otras adicciones a comportamientos y trastornos del control de impulsos. La Psicoterapia puede ayudar en la identificación de los desencadenantes, revisión del proceso de adicción, prevención de recaídas y entrenamiento en comportamientos alternativos. Para quienes usan el tatuaje como compensación emocional o si hay solapamiento con autolesión, la terapia conductual aporta herramientas de tolerancia al malestar y regulación emocional. También hay que ver si hay una patología previa que induce al tatuaje compulsivo como la depresión, la ansiedad, el trauma o el TOC. Apoyo familiar y económico, orientación a la pareja y la familia sobre el manejo de la persona y aprendizaje en el manejo del dinero cuando hay endeudamiento. Es necesario revisar con honestidad la función que cumple el tatuaje en la vida de una persona y pedir ayuda si siente que ha perdido el control, pedir opinión a personas de confianza y respetar plazos de reflexión. Hay que observar también si surgen cambios bruscos de comportamiento, ocultación, deudas o señales de malestar emocional.








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