El Hijo Fruto de una Violación
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EL HIJO FRUTO DE UNA VIOLACIÓN
Cuando
se habla de un "hijo fruto de una violación", se está hablando de una
mujer que ha tenido una relación sexual no deseada con un hombre que la fuerza
a tenerla, habitualmente mediante la violencia o las amenazas, que puede haber
ocurrido dentro de una relación de pareja, con personas de su familia inmediata
o la de origen o haber sido cometida por un hombre desconocido. Si después de
la relación se produce un embarazo, se abre un abanico de posibilidades que
puede hacer que esa mujer aborte, que sea madre soltera, que siga el embarazo
pero que luego dé a su hijo en adopción, que busque una relación con otro hombre
al que le adjudique el embarazo, que forme una pareja estable o que se case. En
cualquier caso, el origen del embarazo puede haberse ocultado al hijo, habérselo
revelado en la infancia, en la adolescencia o nunca y eso puede marcar la evolución en la personalidad de ese niño.
Si
el origen del embarazo se esconde, puede que todo quede en secreto para los
demás, incluso para su familia, aunque para la mujer sigue siendo un problema vital que gestionar, pero si se revela a su entorno familiar o al
social, el resultado puede ser que la mujer pueda tener que arrastrar el estigma de
la violación y afectar también a su hijo. En cualquier caso, la forma como la
mujer viva el embarazo y la posterior crianza de ese hijo marcará las
influencias psicológicas en él de forma que pueda afectarle a la formación de
su carácter y al proceso de crecimiento y maduración en la infancia,
adolescencia y en la primera juventud. El componente genético del padre formará
parte del genoma del hijo, con rasgos físicos y de personalidad, pero la influencia
genealógica puede ser difícil de determinar.
Fig.1= Mujer que sufre después de haber tenido una violación.
La parte genética heredada del padre puede ser muy evidente si es de otra raza diferente a la de la de la madre o si tiene rasgos físicos muy diferentes de los de la familia de la madre o los de la pareja que haya elegido la madre para convivir con ella y criar a ese hijo. La forma en como haya vivido el embarazo puede haber actuado algo en la biología de la concepción, la formación de hormonas maternas y de la placenta o en el desarrollo del feto, a consecuencia del estrés materno, las condiciones del embarazo y las de la crianza. Pero el vínculo materno con este hijo, la aceptación del origen del embarazo, la presencia o ausencia de un estigma familiar y social, y la dinámica familiar en la que se críe va a influir de manera mucho más importante en la formación de su personalidad y su carácter que las influencias que puedan surgir de la herencia genética. Aun así, la parte genética puede condicionar muchos factores vivenciales en ese hijo como, por ejemplo, si se hereda una enfermedad.
La personalidad no se hereda como un paquete cerrado e inamovible. La investigación en genética conductual coincide en que rasgos como el temperamento, la impulsividad, la reactividad emocional o la tendencia a la ansiedad tienen un componente hereditario poligénico, es decir, influido por muchísimos genes con efectos pequeños cada uno, aunque ese componente interactúa constantemente con el ambiente familiar y social. Un padre biológico agresor no transmite violencia como si fuera un rasgo genético; transmite, como cualquier progenitor, una combinación aleatoria de variantes que solo se expresan de un modo o de otro según la crianza, las experiencias vitales y procesos vividos durante el desarrollo. No se visto la posibilidad de una herencia genética que se manifieste en forma de maldad o de rasgos violentos.
Donde la evidencia biológica es más sólida es en el efecto del estrés materno durante el embarazo sobre el desarrollo fetal, con independencia de la genética del padre. Cuando una mujer atraviesa un embarazo marcado por un trauma y un dolor importantes, se ven alteraciones en el eje hormonal hipotálamo-hipófisis-adrenal, que es el sistema que regula la fabricación de cortisol, que puede cruzar en parte la barrera placentaria y participa en la llamada "programación fetal": la investigación asocia el estrés prenatal intenso con cambios en la regulación del cortisol del bebé, en la reactividad emocional temprana y puede activar un mayor riesgo de dificultades de regulación emocional o de vulnerabilidad a trastornos de ansiedad o del estado de ánimo más adelante en la vida. Un embarazo derivado de una agresión sexual no se convierte automáticamente en un embarazo tóxico; el bienestar emocional, el apoyo social y la atención médica y psicológica que la madre reciba durante la gestación modulan de forma decisiva estos mismos mecanismos y pueden atenuar considerablemente el impacto biológico del trauma inicial.
Fig.2= Familia que acoge de forma positiva al niño fruto
de una violación.
Otro factor importante, esta
vez ligado a la Genealogía, es la confusión identitaria que puede experimentar
una persona que desconoce, en todo o en parte, sus orígenes biológicos,
parecido a lo que ocurre en la adopción y en la donación de esperma o de óvulos, que dan a la persona un origen incierto. Aplicado a un hijo fruto de una
violación, esta confusión puede aparecer si hay silencio o engaño sobre el padre
biológico, y puede generarle preguntas identitarias, especialmente en la
adolescencia y la primera juventud, etapas en las que la búsqueda de identidad es
más intensa. En cualquier caso, no existe un desconcierto genealógico típico
asociado al desconocimiento del origen de la persona, sino que es más
importante el que proviene de una mala gestión del hijo por parte de la madre,
de la familia o de la sociedad.
La clave principal en la formación
de la personalidad de los hijos concebidos después de una violación es el fenómeno
de ambivalencia materna: la coexistencia de un amor natural hacia su hijo y la
presencia de recuerdos traumáticos asociados a su concepción. Esta ambivalencia
no es un fallo de la madre, sino una respuesta comprensible ante una
experiencia dolorosa, y su resolución depende en gran medida del acompañamiento
psicológico y el apoyo familiar que reciba. Cuando la madre cuenta con apoyo
terapéutico y social adecuado, se observan procesos de reinterpretación y de
sanación del dolor en los que el hijo se vive como una relación biológica de vínculo
con la vida y no solo como el resultado de una experiencia traumática. Cuando
no se da ese apoyo, la ambivalencia puede traducirse en un rechazo, un descuido
en la crianza afectiva, un vínculo más débil con su hijo, una actitud sobreprotectora
o una inconsistente, con el consiguiente impacto en la personalidad del niño.
Dependiendo de la opción vital
que haya tomado la madre para darle una forma equilibrada a la crianza de su
hijo, se abren muchas posibles influencias genealógicas en su personalidad. Si
lo hay criado en un entorno familiar amoroso, con una pareja que conoce el
problema de la madre y acoge al hijo como si fuera suyo o adoptado, las Leyes
Genealógicas que se aplican serán las mismas que las que se dan en entornos más
normalizados. El sexo del hijo también será importante para ver de qué lado
familiar recibe de forma más probable las influencias en la personalidad y en
sus modelos de vida. Los conflictos surgen cuando el hijo no puede coger un modelo adecuado dentro de la familia a consecuencia de las reacciones de dolor o de rechazo por parte de los miembros de esa familia, especialmente de los más importantes como son la propia madre o los abuelos maternos.
Fig.3= La violencia en las guerras suele dar como resultado violaciones puntuales o masivas.
El concepto de trauma transgeneracional describe cómo el impacto psicológico de una experiencia traumática puede transmitirse de una generación a otra, no por vía genética directa, sino a través de los mecanismos de relación entre las personas, como los estilos de crianza marcados por el miedo o la hipervigilancia, los silencios familiares sobre el origen del niño, los patrones emocionales alterados de la madre o de otras personas del entorno y las experiencias asociadas al estrés, tanto de la madre como del hijo. La crianza sensible y receptiva, y el acceso a apoyo social y terapéutico para la madre, son los factores que con mayor eficacia interrumpen la transmisión intergeneracional del malestar.
De esta forma, se puede decir que la evolución positiva de un hijo que proviene de una violación va a depender en gran manera de la forma en como la madre aborda su proceso de embarazo, de cómo gestiona el dolor inicial para transformarlo en el amor natural a su hijo, de la capacidad de esta madre de crear una familia adecuada para criarlo, del apoyo que reciba de su familia de origen y de la actitud social que va a rodear a ese niño en su proceso de crianza. La mala gestión del dolor de la madre y de la familia, la falta de apoyos en el entorno de la mujer, la estigmatización por parte del entorno social, moral o religioso, y la falta de apoyo en la niñez, la adolescencia o la primera juventud pueden facilitar un mal desarrollo de la personalidad de ese niño. El origen biológico no es la única variable en el desarrollo del carácter de una persona y los factores que la rodean en sus etapas infantiles, en la adolescencia y en la primera juventud van a ser mucho más importantes que la herencia genética en su proceso vital.
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