Vaya al Contenido

Adicción al Riesgo - UNA VIDA INTEGRAL

Saltar menú
Saltar menú

Adicción al Riesgo

LAS ADICCIONES > ADICCIÓN A COMPORTAMIENTOS
- LAS ADICCIONES –
- LAS ADICCIONES: ADICCIÓN A COMPORTAMIENTOS -

LA ADICCIÓN AL RIESGO


Al ser humano le han atraído desde siempre las situaciones que impliquen incertidumbre, peligro, desafío o emociones intensas. La escalada de montañas, el paso por zonas con riesgo, la exploración de territorios desconocidos, el manejo de vehículos o de máquinas peligrosas, la competencia por conseguir algo poco habitual o aumentar la velocidad, entre otras situaciones de peligro, han acompañado a la humanidad a lo largo de toda su historia. Sin embargo, cuando esa búsqueda de emociones intensas deja de ser ocasional y se convierte en una necesidad compulsiva, ilógica, incontrolable y perjudicial para la persona, se habla de adicción al riesgo o adicción a la adrenalina. La adicción al riesgo puede definirse como la búsqueda compulsiva y repetitiva de experiencias que implican peligro, incertidumbre o desafío, con el objetivo de experimentar la activación fisiológica y emocional, fundamentalmente ligada a la liberación de adrenalina y dopamina, que dichas experiencias generan. A diferencia de la práctica ocasional de actividades de riesgo, en la adicción existe una pérdida progresiva de control sobre la conducta, una necesidad de aumentar la intensidad del estímulo para sentir el mismo efecto (tolerancia) y un malestar significativo cuando no se puede llevar a cabo la conducta.

Desde el punto de vista biológico, la adicción al riesgo comparte mecanismos cerebrales con el resto de las adicciones, tanto químicas como a comportamientos. El sistema de recompensa de la dopamina, formado por estructuras cerebrales como el núcleo accumbens, la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal, desempeña un papel central en el mantenimiento de esta conducta. La adrenalina, también llamada epinefrina, es una hormona y un neurotransmisor producido en las glándulas suprarrenales que se libera ante situaciones de estrés, peligro o excitación. Su función biológica es preparar al organismo para reaccionar ante una amenaza, la conocida respuesta de lucha o huida, aumentando la frecuencia cardíaca, la presión arterial y el estado de alerta. En personas con adicción al riesgo, esta descarga hormonal se convierte en un estado que se busca activamente, ya que genera una sensación intensa de euforia y bienestar.

Fig.1= Personas realizando deportes de riesgo.
 


La dopamina es el neurotransmisor asociado al circuito de recompensa cerebral y a la motivación. Diversos estudios de imagen cerebral han mostrado que las personas con alta búsqueda de sensaciones intensas presentan una mayor densidad de receptores de dopamina y niveles más elevados de dopamina extracelular en el núcleo caudado, lo que sugiere que la exposición al riesgo actúa como un potente reforzador dopaminérgico de la recompensa, de forma similar a como lo hacen las sustancias psicoactivas. La investigación en farmacología cerebral ha confirmado además que la búsqueda de sensaciones intensas está modulada por mecanismos dopaminérgicos y que las personas con puntuaciones altas en esta característica muestran una mayor sensibilidad a los efectos reforzantes de estimulantes como las anfetaminas, lo que evidencia una vulnerabilidad neurobiológica compartida entre la búsqueda de riesgo y otras adicciones.

La repetición continuada de la conducta de riesgo puede producir cambios estables en los receptores de los circuitos de recompensa, en la corteza prefrontal, que es la encargada del control de impulsos y de la toma de decisiones, y en las estructuras vinculadas a la memoria emocional. Esto explica por qué, con el paso del tiempo, la persona necesita estímulos cada vez más intensos para experimentar la misma sensación de satisfacción, y por qué le resulta cada vez más difícil controlar el impulso de exponerse al peligro. Se ha visto también una predisposición genética, ya que entre el 40 % y el 60 % de la vulnerabilidad a las adicciones en general se explica por factores hereditarios. Existen también diferencias individuales en la regulación de la dopamina y de la sensibilidad del sistema de recompensa y la presencia de otros trastornos mentales, que incrementan el riesgo de tener conductas adictivas.

Se ha descrito la búsqueda de sensaciones intensas como un rasgo de la personalidad caracterizado por la necesidad de tener experiencias variadas, novedosas, complejas e intensas, y por la disposición a asumir riesgos físicos, sociales, legales y económicos con tal de vivirlas. En este rasgo de la personalidad hay cuatro factores fundamentales. En la Búsqueda de emociones y aventuras hay una necesidad innata de vivir experiencias físicamente arriesgadas o poco convencionales. En la Búsqueda de experiencias nuevas hay un deseo de vivir sensaciones a través de los sentidos, de las vivencias que se consiguen en los viajes o con los estilos de vida no convencionales. La Desinhibición, que es la tendencia a actuar de forma impulsiva y a buscar la estimulación social sin restricciones. La Susceptibilidad al aburrimiento busca el rechazo a la rutina, a la monotonía y a la repetición de experiencias predecibles. Las personas con una puntuación elevada en estos factores constituyen una población de mayor vulnerabilidad cuando se combinan con otros factores biológicos, psicológicos o sociales.

Fig.2= Aburrimiento y búsqueda de emociones fuertes.
 


Entre los factores psicológicos que predisponen a esta adicción está la baja tolerancia al aburrimiento y a la rutina, las dificultades para regular emociones como la ansiedad, la tristeza o el vacío interior, la impulsividad y los déficits en el control inhibitorio. La baja autoestima se intenta compensar con la búsqueda de reconocimiento de parte de otras personas a través de hazañas arriesgadas realizadas. También se usa el riesgo como un mecanismo para evitar, intentar olvidar o desconectar del malestar emocional. Hay entornos sociales que valoran o premian socialmente la temeridad y el vivir al límite. La presión del grupo y la necesidad de pertenencia o de obtener un estatus dentro de un colectivo facilitan esta adicción. También la facilita la exposición temprana, en la adolescencia o en la juventud, a actividades de riesgo o a modelos familiares con conductas similares. La adicción al riesgo es especialmente frecuente entre adultos jóvenes que buscan experiencias nuevas e intensas, un grupo de edad en el que la maduración de la corteza prefrontal, responsable del control de impulsos, todavía no se ha completado.

La adicción al riesgo puede expresarse a través de conductas muy diversas como practicar deportes extremos, el paracaidismo, escalada libre, BASE jumping, submarinismo en cuevas o el motociclismo. También a través de la conducción temeraria con exceso de velocidad, carreras ilegales o conducción sin protección. Va unida con frecuencia al juego y las apuestas como en los casinos, las apuestas deportivas, el juego online. También se observa un riesgo económico por las inversiones necesarias para realizar las actividades de alto riesgo. Con frecuencia aparecen además problemas laborales por la excesiva dedicación de tiempo es las actividades de riesgo o el bajo rendimiento. También hay un riesgo interpersonal por la búsqueda de conflictos con otras personas, con provocación de peligro social, la competitividad con otros adictos o los problemas legales generados en competiciones ilegales, además del deterioro de las relaciones personales o familiares.

Al igual que en otras adicciones a comportamientos, existen una serie de indicadores que permiten sospechar la presencia de una adicción al riesgo. La Necesidad creciente de tener mayor intensidad, o tolerancia, ya que cada vez se requieren estímulos más arriesgados para sentir la misma satisfacción. La Pérdida del control, con incapacidad para reducir o abandonar la conducta pese a haberlo intentado. El Malestar por la abstinencia, que da irritabilidad, ansiedad, apatía o vacío cuando no se puede llevar a cabo la conducta de riesgo. La Preocupación constante y pensamientos recurrentes sobre planificar la próxima actividad de riesgo. La Interferencia funcional con otras actividades por descuido de obligaciones laborales, familiares o académicas. La Minimización del peligro con la negación o el quitar importancia a las consecuencias reales de la conducta. La Continuidad pese al daño, con mantenimiento de la conducta a pesar de lesiones previas, pérdidas económicas o problemas legales, personales, familiares o laborales.

Fig.3= Otras actividades de riesgo.



Las consecuencias de la adicción al riesgo suelen ser las lesiones físicas moderadas o graves y las secuelas permanentes, el riesgo elevado de muerte prematura o accidental, el desgaste físico por la exposición continuada a situaciones de alta intensidad, los accidentes de tráfico con afectación de la persona o de terceros, los problemas económicos por las deudas asociadas a las inversiones en la actividad, la ruptura de vínculos sociales y familiares, la ansiedad y los estados de ánimo inestables cuando no se satisface la necesidad de riesgo, dificultad para concentrarse, el aumento de la impulsividad y la disminución del control de impulsos en otras áreas de la vida, mayor facilidad para desarrollar otros trastornos, la depresión y el aislamiento social progresivo.

El tratamiento de la adicción al riesgo es similar al de otras adicciones a comportamientos, y suele requerir la intervención de varios profesionales que combinen psicoterapia, trabajo sobre el entorno familiar y, en algunos casos, apoyo farmacológico para tratar posibles trastornos asociados. El tratamiento psicológico consiste en identificar los pensamientos distorsionados que sostienen la conducta de riesgo, modificar los patrones de comportamiento asociados y dar a la persona unas estrategias para afrontar mejor el malestar emocional. Es muy deseable la práctica de actividades alternativas y satisfactorias que sustituyan la función que cumplía la conducta adictiva de riesgo. También aprender y realizar técnicas de relajación, respiración y de control mental para el manejo del estrés y la ansiedad. La terapia de grupo es útil para compartir experiencias y reducir el aislamiento. La persona debe recuperar el control voluntario sobre su conducta, ser capaz de tolerar la ausencia de estimulación intensa sin malestar significativo y sustituir la función compulsiva del riesgo por fuentes de bienestar más estables y sanas.

La adicción al riesgo es un trastorno comportamental real, con un sustrato neurobiológico identificable en los circuitos de recompensa del cerebro y los de la adrenalina, y no una simple cuestión de afición o de forma de ser. Comparte con otras adicciones los mecanismos de dependencia, tolerancia, la pérdida de control y el malestar cuando hay abstinencia de la actividad. Reconocer el problema, ver las señales de alarma, comprender los factores de vulnerabilidad que la favorecen y diferenciarla claramente de una afición saludable, resultan pasos esenciales tanto para la prevención como para la intervención temprana. El tratamiento de trastornos asociados, cuando los haya, junto con el apoyo psicológico y familiar constituye actualmente la estrategia con mayor evidencia real de obtención de buenos resultados en el intento de ayudar a las personas a recuperar el control para tener una vida sana sin asumir riesgos innecesarios.








.
Regreso al contenido