Proceso de inicio de la Enfermedad
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EL PROCESO DE INICIO DE LA ENFERMEDAD
Para hacer más esquemática esta presentación del origen emocional de una enfermedad, se parte de un supuesto hipotético en el que una persona está totalmente sana y, por lo tanto, no padece ninguna enfermedad. Y para hacer más fácil este estudio hipotético, la situaremos en una edad de entre 30 y 40 años de vida para que la persona haya formado ya su carácter y haya tenido unas vivencias familiares, sociales y personales.
A partir de aquí la persona es sometida a una serie de emociones negativas que empiezan con el Miedo, luego el Enfado, la Ansiedad, la Preocupación y la Tristeza. Estas emociones van apareciendo una y otra vez, en forma de un ciclo sin fin que asemejan a un tornillo atornillándose en una tuerca. Y cada vuelta que dan, empeoran la situación vital de la persona que las padece a consecuencia del enorme consumo de energía vital que acompaña a la generación de estas emociones negativas.
Fig. 1: Personas con Miedo, Enfado, Ansiedad, Preocupación y Tristeza.
Antes de iniciar el ciclo de las emociones negativas, la persona estaba en una situación emocional de Identidad, por lo que el consumo de energía para generar emociones repercute en un beneficio continuo que justifica el esfuerzo que supone poner en marcha las emociones positivas. Esto hace que todos los sistemas que conforman al ser humano funcionen adecuadamente y que no se consuma una energía innecesaria de manera que la persona pueda disfrutar de una buena salud.
Pero, en el momento que disminuye su Identidad y su atención se desplaza hacia otras situaciones o personas, empieza la situación de inseguridad y se genera la primera emoción negativa que es el Miedo. Esta emoción, como todas, se inicia en el sistema nervioso que está rodeando todo el sistema digestivo, especialmente en el intestino, y se traslada a través de los plexos hacia el sistema límbico situado en el cerebro y, a partir de ahí, se ponen en marcha una serie de reacciones en las diferentes zonas de la corteza cerebral que activan los sistemas corporales que actúan en las situaciones de estrés y los relacionados con las reacciones de supervivencia.
A partir de este momento, se empiezan a consumir importantes cantidades de energía en los sistemas que participan y se reduce la asignación de esa energía vital a los sistemas que no forman parte de la reacción de estrés y de supervivencia, lo que hace que tengan menos capacidad de trabajo o que no realicen sus actividades metabólicas o sus funciones adecuadamente. Por lo tanto, algunos sistemas empiezan a funcionar mal y a provocar que se inicie el proceso de la pérdida de la salud de una persona.
Fig. 2: Personas cansadas y con poca vitalidad.
Si el sistema digestivo no recibe la cantidad de energía necesaria para funcionar bien, aparecerán las malas digestiones y habrá alimentos que no se podrán digerir bien, y facilitarán el crecimiento de las bacterias que consumen estos restos de alimentos. Estas bacterias provocarán una reacción inflamatoria en la mucosa intestinal por el crecimiento excesivo de sus colonias y por los desechos tóxicos y metabólicos que generan, dando origen a infecciones e inflamaciones intestinales y a la acumulación de tóxicos en el resto del organismo. Además, el sistema digestivo no podrá absorber adecuadamente los nutrientes, las vitaminas ni los minerales, lo que provocará un deterioro importante en el resto del cuerpo y una disminución de la vitalidad.
Si es el sistema de defensas el que no recibe la asignación energética correspondiente, no podrá luchar adecuadamente contra las bacterias, virus, hongos o parásitos y estos podrán atacar a las mucosas o a zonas de la piel provocando infecciones o parasitaciones donde puedan El sistema de defensas también se dedica a la reparación de los tejidos lesionados y si no tiene el presupuesto adecuado, muchos tejidos no podrán repararse y acabarán estropeándose y dando origen a enfermedades degenerativas.
Si afecta al sistema excretor urinario, no se podrán eliminar adecuadamente los tóxicos que circulan por la sangre y acabarán depositándose en el tejido conjuntivo y en los órganos, lo que hará que funcionen mal y que alteren la buena marcha de los sistemas de los que forman parte, generando enfermedades en estos órganos o enfermedades degenerativas por acumulación de desechos.
Fig. 3: La enfermedad es la consecuencia de vivir con emociones negativas.
Si afecta al sistema músculo esquelético, los huesos cartílagos, músculos, tendones, ligamentos, envolturas y fascias perderán su funcionalidad y se volverán más débiles, De forma que se podrán romper o rasgar parcialmente. Apareciendo enfermedades como la artrosis, la osteoporosis, las lesiones de ligamentos, las fascitis, las tendinitis, las roturas musculares o las roturas de tendones.
Si afecta al sistema circulatorio, el corazón, las arterias, las venas y los vasos linfáticos no podrán hacer bien su trabajo de llevar el oxígeno y los nutrientes a todos los tejidos del cuerpo y de recoger sus desechos y el anhídrido carbónico para llevarlos a los órganos excretores y de eliminación. Esto hará que las células no se puedan nutrir bien ni funcionar adecuadamente y que acaben estando en un espacio con poco oxígeno que puede favorecer un ambiente anaerobio en el que las células funcionan mal, se degeneran o mueren.
Y en los sistemas que sí que forman parte de los mecanismos de estrés y de supervivencia, se produce una sobrecarga de actividad que acaba alterando sus funciones. Por ejemplo, el sistema nervioso va destruyendo neuronas progresivamente hasta que la capacidad de reacción y de funcionamiento normal se ve muy disminuida.
En resumen, una persona que vive emociones negativas de manera muy frecuente o constante está consumiendo la energía necesaria para que funcionen adecuadamente todos los sistemas vitales y eso va a hacer que tarde o temprano aparezca el deterioro del organismo y la enfermedad.
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