Adicción a Fármacos Analgésicos
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LA ADICCIÓN A FÁRMACOS ANALGÉSICOS
La adicción a fármacos, como los analgésicos, los ansiolíticos e hipnóticos, los antidepresivos o los estimulantes, se ha convertido en un problema de salud pública de primer nivel en todo el mundo, ya que el inicio del consumo suele estar indicado habitualmente por un médico en el intento de tratar alguna dolencia del paciente, pero la combinación de algunas variables personales, debilidades físicas, factores psicológicos y el contexto social en el que viven, facilita el que la persona acabe teniendo un trastorno por consumo habitual de sustancias, con consumo compulsivo, pérdida del control y el deseo de un uso continuado a pesar del daño evidente para su salud.
Cuando las personas ya se han vuelto adictas y no reciben la receta correspondiente por parte del personal sanitario, es muy probable que busquen estos fármacos en el mercado ilegal. Pero también se da el caso que muchos médicos se ven presionados por parte de unos pacientes adictos al consumo de ciertos fármacos que muchas veces se vuelven agresivos contra ellos y otras veces se ven limitados en su capacidad para retirar el tratamiento o evitar recetar ciertos fármacos ante la presencia de una patología para la que no conocen otra manera de tratarla.
Fig.1= Planta del opio o adormidera y corteza de sauce
para hacer el ácido acetilsalicílico.
El grupo de fármacos más importantes incluido en estas adiciones
a fármacos es el de los analgésicos, tanto los opiáceos como los no opiáceos, ya
que en nuestra sociedad actual la presencia del dolor genera un rechazo muy
importante, incluso cuando el dolor es leve o moderado, y muchas veces ocurre de manera
preventiva antes de que se genere el dolor. Entre los derivados del opio o que
actúan sobre sus receptores está la morfina, la heroína, la codeína, la
oxicodona, la metadona, el fentanilo, la meperidina o petidina o el tramadol.
Entre los analgésicos no derivados del opio está el ácido acetilsalicílico, el
ibuprofeno, el paracetamol, el naproxeno, el diclofenaco, el celecoxib o el
metamizol.
El opio o adormidera, papaver somniferum, es la amapola
blanca, una planta que crece en muchas partes del mundo y que se ha utilizado
como analgésico desde hace más de 5.000 años. Se extrae de la leche que sale
del fruto cuando está maduro y se corta con un cuchillo, luego se deseca y se
consigue un polvo que se puede consumir directamente o procesarlo químicamente
para que conseguir sus derivados, que pueden ser ingeridos por boca o inyectados
directamente a la sangre, como la morfina o la heroína. Los derivados del opio
se consiguen haciendo compuestos químicos a partir del polvo original del opio
y suelen ser mucho más potentes, adictivos y peligrosos para las personas que los
consumen.
La adicción al opio y sus derivados, los opioides, es un
trastorno crónico del cerebro que provoca el deseo de un consumo compulsivo de
estas sustancias para inducir un estado pasajero de ausencia de dolor físico o
psicológico, a pesar de generar a cambio unas consecuencias muy negativas y de
tener un alto riesgo de sobredosis mortal. A partir del primer uso, y más si se
produce un uso frecuente o más continuado, aparece una intensa dependencia y
tolerancia que induce a tener un consumo continuado y frecuente y a aumentar
las dosis para evitar el síndrome de abstinencia, con ansiedad, malestar e
intenso dolor, que es muy mal tolerado por los adictos.
Fig.2= Consumo de opiáceos.
Las diferentes formas de presentación del opio y de los opioides, en polvo inyectado, inhalado, fumado o en pastillas, provocan un deseo intenso de consumir, dificultades para controlar la cantidad, uso a pesar de tener problemas familiares o laborales, abandono de actividades habituales, deterioro de las relaciones familiares o sociales, pérdida del trabajo e intensos síntomas de abstinencia cuando no se consume. Su uso habitual conlleva efectos físicos como estreñimiento severo, infecciones cardiacas y pulmonares, dolor muscular, deterioro general de la salud, depresión respiratoria y muerte por sobredosis. Entre los efectos mentales está la depresión, ansiedad, alteraciones de la conducta y cambios de personalidad que pueden llevarlos a cometer delitos.
La retirada del consumo del opio o de los opioides es una de las más difícil de todas las adicciones ya que el síndrome de abstinencia es tan intenso que muchas veces requiere el ingreso de la persona en un centro especializado para poder manejarlo, pero con mucha frecuencia se producen recaídas al poco tiempo de haber conseguido una retirada. Se puede decir que la dependencia psicológica se mantiene durante toda la vida una vez que se activa en el cerebro el deseo de no sufrir y de no sentir dolor mientras la droga está haciendo su efecto. Para que sea eficaz la retirada es necesario que al adicto le trate un equipo especializado en este tipo de drogas y que se le haga un largo seguimiento de su proceso para evitar la recaída.
La dependencia de fármacos para el dolor que no proceden del opio también es un gran problema actual a consecuencia del gran aumento de las enfermedades que cursan con dolor. Aunque inicialmente el fármaco pueda estar indicado para evitar el dolor leve y moderado de algunas enfermedades o situaciones médicas, lo que suele ocurrir es que la persona empieza a tener miedo a sufrir dolor de nuevo y tiene la tendencia a consumir estos fármacos de manera repetitiva o preventiva. Es en esas circunstancias cuando aparece la dependencia y la tolerancia acompañada también de un síndrome de abstinencia con la reaparición de un dolor muy intenso que la persona intenta evitar volviendo a consumir los fármacos.
Fig.3= Consumo de fármacos analgésicos en forma de
pastillas.
Desgraciadamente las personas que consumen estos analgésicos
suelen desarrollar una mala tolerancia al dolor y tienen que consumir los
fármacos en dosis cada vez más altas o más frecuentemente que cuando iniciaron su proceso de dolor.
Además, estas personas suelen aumentar las dosis por su cuenta, incrementan la frecuencia o
combinan varios analgésicos a la vez en un intento de esconder su dolor. La
facilidad con la que se pueden conseguir estos fármacos, la mayor parte de las
veces sin necesidad de receta médica ni control sanitario, ha hecho que las
personas tiendan a consumirlos de manera más habitual sin tener en cuenta sus
consecuencias o sus importantes efectos secundarios, ya que generan en su organismo una
necesidad subjetiva de consumirlos, muchas veces a escondidas.
El consumo habitual de paracetamol puede ocasionar una hepatitis
tóxica medicamentosa e incluso una necrosis hepática mortal. También puede provocar
reacciones cutáneas graves como el síndrome de Stevens-Johnson y necrólisis
epidérmica tóxica, así como alteraciones sanguíneas, hipotensión y reacciones
alérgicas. Otros efectos secundarios menos comunes incluyen náuseas, vómitos,
malestar general y problemas renales. Muchas veces estos efectos provienen de
aumentar las dosis ante la sensación de que el dolor no cede o de mantenerlas
en el tiempo, aunque la causa puede ya haber desaparecido o se ha mitigado. Para poder retirarse
del consumo del paracetamol muchas personas acuden a otros analgésicos por lo
que su adicción continúa.
El resto de los fármacos analgésicos no opioides tienen un
mecanismo de acción muy parecido y unos efectos secundarios habitualmente
similares, principalmente provocan problemas en el sistema digestivo como
gastritis, hemorragias digestivas, úlceras de estómago y de duodeno, dolor
abdominal, náuseas, vómitos, diarrea, anemias por falta de hierro, cansancio, insuficiencia
renal, urticaria, erupciones cutáneas, angioedema, asma, alergias, mareos,
convulsiones y Síndrome de Reye. El riesgo aumenta cuando se combinan varios
fármacos analgésicos a la vez o se toma alcohol.
Fig.4= Terapias de apoyo a la retirada de opiáceos y
de fármacos analgésicos.
El evidente incremento del consumo de fármacos analgésicos y antiinflamatorios en las
últimas décadas está asociado al padecimiento
de enfermedades que provocan dolor, y el dolor es simplemente una señal que envían algunas partes del cuerpo al sistema
nervioso central para indicarle que algo no está bien a la espera de que se envíe ayuda por parte del sistema de defensas e intente repararlo. Se trata de una
sensación desagradable que puede describirse como un pinchazo, quemazón,
punzada o molestia, y varía en intensidad, duración y localización según la
persona y la causa. El dolor es una experiencia personal, sensorial y emocional
compleja, influida tanto por factores biológicos como psicológicos y sociales,
y puede manifestarse como dolor agudo, que suele durar menos de un mes, o dolor
crónico, que persiste por más de tres meses. El dolor puede ser somático,
visceral o neuropático y es fundamentalmente una llamada de socorro del cuerpo para
intentar solucionar posibles daños físicos, desequilibrios o enfermedades.
Si se
promoviese de manera eficaz la prevención de las enfermedades llevando unos
buenos hábitos de salud, muchas de las personas que acaban sufriendo dolores y
consumiendo analgésicos de manera frecuente y adictiva evitarían esta situación y podrían aprender a gestionar las situaciones de dolor leve y moderado
utilizando otras técnicas que no impliquen el consumo de fármacos. En algunas situaciones médicas es inevitable acudir al tratamiento analgésico adecuado a la enfermedad de la persona y en las dosis mínimas posibles, algo que debe ser pautado por un médico y hacer el seguimiento del paciente. Ese es un
reto que es abordable aunque tiene dificultades por el progresivo aumento de la
intolerancia al dolor leve y moderado que hay actualmente.
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