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El Cantar de Mio Cid - UNA VIDA INTEGRAL

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El Cantar de Mio Cid

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EL CANTAR DE MIO CID
 
ANÓNIMO


El Cantar de Mio Cid es un poema anónimo épico medieval, es decir, un cantar de gesta, que narra las hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, en los últimos años de su vida. Es la primera gran obra narrativa extensa conservada en lengua castellana y el único cantar de gesta hispánico que se conserva casi completo. Se compuso hacia el año 1.200 en castellano medieval y cuenta, a lo largo de 3.735 versos, cómo el Cid pierde su honra al ser desterrado por el rey Alfonso VI y cómo la recupera mediante victorias militares y alianzas, especialmente con la conquista de Valencia. El poema se divide en tres partes: el Cantar del Destierro, el Cantar de las Bodas y el Cantar de la Afrenta de Corpes.

Rodrigo Díaz de Vivar fue un noble y caudillo militar castellano del siglo XI, de 1.045 a 1.099, conocido históricamente como el Cid Campeador, que sirvió a distintos señores cristianos y musulmanes en la frontera de la reconquista. Nace en Vivar, cerca de Burgos, en el seno de la pequeña o media nobleza castellana. Fue caballero al servicio de Sancho II de Castilla y después de Alfonso VI de León y Castilla; destacó en campañas como la batalla de Graus, lo que impulsó su reputación como guerrero. Tras la muerte de Sancho y la subida al trono de Alfonso VI, continuó como vasallo real, pero fue desterrado al menos dos veces por conflictos políticos y acciones militares no autorizadas. Durante sus destierros actuó como líder militar autónomo, al frente de una hueste propia compuesta por cristianos y musulmanes, ofreciendo sus servicios como aliado o mercenario a diversas taifas, especialmente la de Zaragoza. Muere en Valencia, probablemente en 1.099, cuando era señor de la ciudad. Su caballo “Babieca”, sus espadas Tizona y Colada y su leal Albar Fañez “el Minaya” fueron inmortalizados en este Cantar.

Fig. 1: Estatua de El Cid.
 


A partir de la década de 1.080 su objetivo principal pasó a ser el control del Levante; entre alianzas, tributos y campañas fue afianzando su poder en torno a Valencia. En 1.094 tomó Valencia y se constituyó en señor prácticamente independiente de la ciudad y de un amplio territorio que iba, según el momento, desde Denia hacia el norte cerca de Tortosa. Gobernó Valencia hasta su muerte y después su viuda Jimena mantuvo la plaza unos años más, hasta que la tomaron los almorávides. Históricamente, no fue solo un héroe cristiano que lucha contra los invasores musulmanes, sino que también luchó al servicio de algunos emires, según sus intereses. La imagen de caballero modelo y héroe nacional procede sobre todo del Cantar de Mio Cid, en el que su figura e historia es idealizada.

El Cantar de Mio Cid se conserva en un único manuscrito en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid. Este manuscrito, fue copiado por Per Abbat, en 1.207 y tiene 74 folios de pergamino, aunque faltan el folio inicial y dos hojas internas. Fue descubierto en el archivo del ayuntamiento de Viveros (Burgos) y adquirido por el estado en el siglo XIX. El estudioso Ramon Menéndez Pidal fue quien llevo a cabo la edición definitiva en el siglo XX. El Cantar pertenece a la tradición de la épica de los juglares, que eran poemas destinados a ser recitados oralmente ante un público por juglares itinerantes. Los juglares adaptaban, ampliaban o reducían los textos según su auditorio, lo que explica las variantes y la riqueza del lenguaje épico.

El poema comienza con el Cantar del Destierro, con el Cid abandonando Vivar, su aldea natal, desterrado por el rey Alfonso VI de Castilla. La causa precisa del destierro no está clara, pero los enemigos del Cid, los Beni Gómez, encabezados por el conde García Ordoñez, lo han calumniado ante el rey, acusándole de haberse quedado con parte del tributo que cobro en tierras de moros para la corona. Su esposa Jimena y sus hijas quedan recluidas en el monasterio de San Pedro de Cardena. El Cid emprende las campanas militares en tierras de la frontera y del Levante, consiguiendo victorias y tributos que va enviando al rey con el fin de recuperar su favor. Entre sus victorias destaca la toma de Alcocer y los enfrentamientos con los condes de Barcelona.

Fig. 2: El entorno guerrero medieval.


En el Cantar de las Bodas, el Cid conquista la ciudad de Valencia en 1.094, lo que supone el punto culminante de su carrera militar y el establecimiento de un verdadero señorío independiente. El rey Alfonso VI, por los logros del Cid y los ricos presentes que le envía, le levanta el destierro y permite que Jimena y sus hijas se trasladen a Valencia. Los infantes de Carrión, Diego y Fernando González, nobles pero cobardes y avariciosos, piden al rey la mano de las hijas del Cid, que acepta por deferencia al rey y las bodas se celebran en Valencia. Los infantes demuestran su cobardía cuando un león se escapa de su jaula y ellos se esconden aterrados mientras el Cid lo domina, y la batalla contra el rey Bucar de Marruecos en la que los infantes huyen vergonzosamente mientras el Cid lidera la victoria. Estos episodios humillan a los infantes y empieza su deseo de venganza.

En el Cantar de la Afrenta de Corpes, los infantes piden al Cid permiso para llevar a sus esposas a Carrión, alegando que desean mostrarles sus posesiones. El Cid accede, aunque con presentimientos. En el robledo de Corpes, en plena naturaleza, los infantes despojan, azotan y abandonan a Elvira y Sol, dándolas por muertas como venganza por las humillaciones sufridas. El Cid es informado de la afrenta pero no actúa por su cuenta sino que pide justicia al rey Alfonso VI. Se celebran las Cortes en Toledo, donde el Cid exige la devolución de sus espadas Colada y Tizona, la restitución de la dote, y finalmente reta a los infantes a un duelo. Los luchadores del Cid vencen a los infantes en combate, demostrando ante todos su cobardía y deshonor. El desenlace es triunfal para el Cid, ya que sus hijas se casan de nuevo con los infantes de Navarra y Aragon, emparentando así con las familias reales de la Península. El ascenso social del Cid queda completo y pasa de caballero desterrado a tronco de reyes.

A continuación, se muestran algunas estrofas:


ALGUNAS ESTROFAS DEL CANTAR DE MIO CID
 


De los sos ojos tan fuertemientre llorando, tornaba la cabeza e estávalos catando

¡Albriçia, Albar Fañez, ca echados somos de tierra!
Mio Çid Ruy Diaz por Burgos entraba,
 
En su compaña, sesaenta pendones; exienlo ver mugieres y varones
 
Burgueses y burguesas por las finiestras son
 
Plorando de los ojos, ¡tanto habían el dolor!
 
De las sus bocas todos decían una razon:
 
¡Dios que buen vasallo! ¡Si hobiese buen Señor!

Miró el Cid a la estera, ansí lloró; tornó la cara, las manos lavó.

A la ciudad (Valencia) en buena hora entró; el pueblo le recibió con gran alegría.

¡Dios te ha dado, buen Cid, renombre y fama! Non ay quien te iguale en tierra cristiana.

Y dieron a sus hijas por buenas bodas, non por otra cosa, mas por grande honra.

Los infantes, malos de corazón, tomaron las hijas e las dejaron por mal camino.

Acudió la gente a demandar razón; dispuso el rey que se hiciese juicio.

Los agraviados pidieron justicia; los infantes fueron vencidos y deshonrados.

E así quedó el buen Cid con grande honra, y sus hechos son memoria por siempre.









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