El hijo adoptado
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EL HIJO ADOPTADO
La
adopción es uno de los fenómenos más complejos que existen en las familias y a
la vez uno de los más importantes gestos humanos de dedicación. Implica la
formación de un vínculo familiar fuera de la biología reproductiva, y plantea
preguntas fundamentales sobre la identidad, el apego, el origen y el desarrollo
de la personalidad. Según los datos disponibles, más de 132 millones de niños
son huérfanos en todo el mundo. Lo que facilita la tendencia a acoger a esos
niños en entornos oficiales de recepción de niños en esta situación o en la de abandono para después intentar ofrecérselos a parejas que
estén dispuestos a criarlos. La disminución de la natalidad y de la fertilidad en
los países occidentales ha hecho que la adopción sea una manera de que algunas
parejas puedan criar a los hijos biológicos de otras personas.
A
lo largo de la historia, la adopción ha existido en prácticamente todas las
culturas, aunque con significados muy distintos. En la Roma antigua, la
adopción de adultos era una práctica política común. A partir del siglo XX, con
el surgimiento del Estado de Bienestar, la adopción se ha institucionalizado y
se centra principalmente en la protección y en la búsqueda del bienestar del
menor, para lo que se piden una serie de requisitos que tienen que cumplir los padres que quieren adoptar, además de pasar diferentes exámenes y protocolos para evaluar la idoneidad de los nuevos padres. La adopción puede ser nacional, internacional, biparental, monoparental, la compartida con la familia
biológica y la tardía de niños mayores de 6 años. Las adopciones de niños menores de 2 años son las que mejor evolucionan, especialmente las de los recién nacidos, y las de los mayores de 6 años son las que requieren un mayor esfuerzo por parte de los padres y de las instituciones de apoyo.
Fig.1= Familia con una hija adoptada.
La personalidad de un hijo
adoptado es el resultado de una interacción continua entre los factores
biológicos propios, los componentes genéticos propios, las experiencias tempranas con los padres naturales y su medio social, los factores ambientales de las personas que realizan la crianza y la cultura y entorno social en el que crecen. Esta interacción adquiere una complejidad
adicional debido a la discontinuidad entre el entorno social y genético de
origen y el entorno social en el que se realiza la crianza, lo que con mucha
frecuencia induce a confusión en el desarrollo de la personalidad, especialmente
en las etapas de la niñez, la adolescencia y la primera juventud. Estudios con
gemelos idénticos criados separados han demostrado que muchos de los factores del carácter tienen una base genética y que los hijos adoptados pueden mostrar rasgos de personalidad similares
a sus padres biológicos, aun sin haberlos conocido.
Cuando la
adopción ocurre después de los 3-5 años, el niño ya ha desarrollado esquemas
cognitivos y emocionales previos basados en sus experiencias tempranas que pueden
manifestarse como mayor tendencia a la desconfianza y
una mayor vigilancia ante posibles señales de abandono, dificultades para aceptar la autoridad
o los límites, cambios frecuentes en la autoestima en la adolescencia, mayor tendencia
a tener comportamientos de búsqueda de atención o de aislamiento, maduración
prematura o falta de responsabilidad y habilidad alta para adaptarse a
situaciones difíciles.
La calidad de la relación de afecto con los padres adoptivos, el estilo de crianza, el nivel socioeconómico
del hogar y el clima emocional familiar y social son determinantes para el
desarrollo de rasgos como la autoestima, la confianza entre las personas, la
regulación emocional y la capacidad para formar relaciones cercanas o íntimas. Los hijos
adoptados que crecen en entornos familiares estables, afectuosos y con
comunicación abierta sobre su origen tienden a mostrar niveles de bienestar
psicológico similares a los otros niños no adoptados. Pero en la adolescencia suelen
surgir preguntas como: ¿Quiénes son
mis padres biológicos? ¿Por qué fui dado en adopción? ¿A quién me parezco
físicamente? ¿Qué parte de mí viene de mi herencia genética y qué parte de lo
adquirido en la familia de adopción y en la sociedad?
Fig.2= Adolescentes de varias razas.
Los seres humanos tenemos una necesidad innata de crear vínculos
afectivos estables con las personas que hacen su crianza. La calidad de ese
vínculo formado en los primeros años influye profundamente en la
capacidad para regular emociones, establecer relaciones y enfrentarse al estrés
a lo largo de toda la vida. Los hijos adoptados, especialmente aquellos que han
vivido en orfanatos o en varios hogares de acogida antes de la adopción,
frecuentemente presentan actitudes más inseguras. A veces el niño alterna entre la búsqueda de proximidad y la resistencia al
contacto o esconde sus necesidades emocionales, evita buscar consuelo y la
relación con los cuidadores oscila entre el miedo y la búsqueda del afecto.
Las
experiencias adversas tempranas en los niños antes de ser adoptados, como el
abandono, el maltrato, la negligencia o estar demasiado tiempo en un centro de
acogida, dejan huellas en el desarrollo del sistema nervioso central, ya que el
cerebro en desarrollo es altamente sensible al estrés crónico, especialmente en
los primeros tres años de vida, y el estrés crónico activa de forma sostenida
el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, lo que puede producir niveles elevados de
cortisol, reducción del volumen de algunas estructuras cerebrales, alteración
de la función de la memoria, dificultad para la regulación emocional y
alteraciones en el sistema de respuesta al miedo. Estas consecuencias son la
base de muchas de las dificultades conductuales y emocionales que pueden
observarse en niños adoptados con historia de trauma, aunque la adopción de
estos niños en hogares adecuados antes de los dos años puede revertir
significativamente las consecuencias neurológicas de este periodo.
La adopción internacional, en
la que el niño proviene de un país diferente al de sus padres adoptivos, y la
adopción transracial, en la que la familia adoptiva y el niño pertenecen a
grupos raciales o étnicos distintos, presentan desafíos y particularidades
adicionales. Los niños adoptados internacionalmente, por un lado se identifican
con su familia y cultura adoptiva y por el otro, reconocen su herencia genética
y cultural de origen y cuando la adopción es también transracial, la diferencia
visual puede hacer que esta tensión sea más visible y difícil de gestionar. Cuando
las familias adoptivas hacen el esfuerzo activo de conectar al niño con su
cultura de origen, los hijos desarrollan una identidad bicultural positiva y
flexible que se convierte en una fortaleza, no en una carga. Los adoptados
transraciales es habitual que puedan sufrir ciertas agresiones, rechazos,
burlas, comentarios inapropiados o experiencias de racismo.
Fig.3= Complicación en el árbol genealógico de un hijo adoptado.
El hijo adoptado tiene además que encajar en su nueva familia de adopción y de forma inmediata se le van a aplicar todas las leyes genealógicas que se han visto en otros apartados. Va a influir aquí el orden de llegada, si es que hay otros hijos en esa familia, y el sexo del adoptado, de manera que, si es el único hijo que hay en esa pareja, ocupará el lugar del primogénito y asumirá sus funciones, pero si ya hay un hijo o más antes del adoptado, éste ocupará el lugar siguiente al de sus nuevos hermanos. Si es un chico y ocupa un lugar impar, tendrá la tendencia a buscar la relación con el padre adoptivo, y si ocupa un lugar par, buscará la relación con la madre adoptiva. Si es una chica y ocupa un lugar impar, tendrá más dificultades para establecer un espacio personal, aunque probablemente será inicialmente con la madre adoptiva y posteriormente con el padre adoptivo, pero si ocupa un lugar par, la relación con la madre adoptiva será la más intensa. Las reglas para las relaciones e influencias de los abuelos adoptivos serán las mismas que para los hijos naturales y también con el resto de los miembros de la familia de adopción.
La calidad de la familia de adopción es el factor más importante para modular los efectos de la situación previa a la adopción, la genética va a condicionar una parte significativa de los rasgos de personalidad y los incidentes ocurridos previamente a la adopción pueden haber dejado también una importante huella en el carácter de la persona adoptada. Los hijos adoptados pueden mostrar similitudes con sus progenitores biológicos, pero una buena parte de su carácter se crea también en la relación con su familia adoptiva. La expresión clara y honesta sobre su origen y su realidad nueva, desde edades tempranas y de forma adaptada al desarrollo, es uno de los factores que más van a ayudar a que el hijo adoptado se desarrolle adecuadamente y tenga una buena integración en la sociedad cuando sea adulto. Aunque la adopción no se ha considerado nunca una tarea fácil, sí que es cierto que trae nuevas alegrías y esperanzas tanto a los adoptados como a las familias que los adoptan.
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