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El Parchís - UNA VIDA INTEGRAL

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El Parchís

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EL PARCHÍS


El Parchís es uno de los juegos de mesa más populares del mundo, tiene una historia que se remonta a más de 1.500 años y es un juego que activa muchos factores como la suerte, la estrategia, la memoria, el cálculo, las emociones, la capacidad de aceptar el ganar o perder y un cierto toque de rivalidad amistosa que hay que aprender a gestionar. El Parchís ha conquistado hogares, escuelas y comunidades a lo largo de la historia y de muchas generaciones que han vivido momentos intensos mientras jugaban a este juego, a veces con euforia cuando se consiguen los resultados deseados y a veces con disgusto cuando los consiguen los demás en detrimento propio.

El Parchís es un juego de mesa para 2, 3, 4 y hasta 6 jugadores, que a veces juegan en equipos o de forma individual, basado en el movimiento de fichas alrededor de un tablero en forma de cruz o de estrella de seis brazos, con el objetivo de llevar todas las 4 piezas propias desde la casilla de salida hasta la meta central de su mismo color. El avance de las fichas se determina mediante el lanzamiento de uno o dos dados de seis caras que se mueven por un tablero de 68 o 102 casillas, según el número que haya salido. La duración media de una partida puede ser de 45 minutos a 2 o 3 horas.

Fig.1= Tableros de parchís de 6 brazos y de 4 brazos.


El antepasado directo del Parchís es el “Pachisi”, un juego originario de la India cuya existencia está documentada al menos desde el siglo VI d.C. que se jugaba con conchas de cauri. El emperador Akbar el Grande (1542–1605) era un ávido jugador y mandó construir enormes tableros de Pachisi en sus palacios. Los colonizadores y exploradores británicos llevaron el Pachisi a Europa durante el siglo XIX. En 1896, una empresa inglesa lo comercializó bajo el nombre Ludo”, del latín “yo juego”, simplificando las reglas originales y sustituyendo las conchas de cauri por un dado cúbico. En España, el juego adoptó el nombre de Parchís, una adaptación fonética del nombre original, y rápidamente se convirtió en uno de los juegos de mesa más vendidos en el país durante el siglo XX, y durante las décadas de 1950 y 1960, prácticamente todos los hogares españoles contaban con un tablero de Parchís.

El tablero del Parchís tiene forma de cruz griega o de estrella y está dividido en 4 o 6 brazos, cada uno del color de un jugador, rojo, azul, amarillo, verde, en el de 4 y otros 2 naranja y morado en el de 6. Cada brazo contiene un total de 17 casillas visibles: 2 casillas seguras, una casilla de salida, también segura, y las casillas blancas del recorrido general. En el tablero hay además un círculo de color por cada jugador, denominado casa, donde esperan las fichas al inicio o vuelven cuando son comidas. En el centro están las metas finales de cada jugador, con el color de sus fichas, a las que se accede a través de un pasillo de cada color al que solo puede acceder el jugador de su color. La casilla de salida está pegada al círculo de casa y es la primera del recorrido general de cada jugador, también coloreada con su color y es una casilla segura, especialmente para el que tiene su color, que puede comer a una ficha de otro color si está en esa casilla cuando le sale un 5 al de su color y se coloca en su casilla de salida.

En el recorrido general las casillas que forman el perímetro del tablero son compartidas por todos los jugadores hasta que acceden al pasillo final de cada color con las casillas que llevan hasta la meta, en la que solo las fichas del mismo color pueden entrar. Se utilizan 1 o 2 dados de seis caras numeradas del 1 al 6 y el resultado del dado determina cuántas casillas avanza la ficha elegida por el jugador en cada turno. Se tiran desde el cubilete, que es un recipiente cilíndrico donde se agita el o los dados antes de lanzarlos. El objetivo del juego es ser el primer jugador en llevar sus cuatro fichas desde la casa hasta la casilla de la meta, completando un recorrido completo del tablero para cada una.

Fig.2= Personas jugando al parchís.


Al inicio, cada jugador elige un color y coloca sus cuatro fichas en la casa de su color. Se tiran los dados y comienza el jugador que saque el número más alto, que empieza a tirar, pero no entra en el circuito hasta que no le salga un 5, lo que le permite sacar una ficha cada vez, y después tira el siguiente que necesita también sacar un 5 para poner una ficha suya en el tablero. A la siguiente tirada, cada jugador puede mover las casillas que marque el dado en sentido horario y si saca un 6 puede mover la ficha y volver a tirar, pero si saca tres veces un 6, la ficha es retirada de nuevo al círculo de casa. Si se juega con dos dados, los dados iguales o “dobles” permiten también volver a tirar y mover el total con una sola ficha o dos fichas con el valor de cada dado. Cada vez que le sale un 5 tiene derecho a sacar otra ficha de casa. Cuando una ficha cae en una casilla ocupada por una ficha rival, si no está en casilla segura, la ficha rival es “comida”, regresa a su casa y debe volver a intentar salir. El jugador que come una ficha obtiene como recompensa 20 casillas de avance. Si dos fichas del mismo jugador ocupan la misma casilla, forman una “barrera” o “puente” que ninguna ficha rival puede sobrepasar.

El Parchís tiene un notable valor pedagógico, especialmente para los niños y adolescentes en edad escolar, porque activa la práctica de las matemáticas básicas y las habilidades numéricas como contar casillas, sumar movimientos y calcular distancias; desarrolla el pensamiento estratégico al evaluar opciones y anticipar consecuencias, lo que fomenta el razonamiento lógico; entrena la gestión emocional al aprender a perder o a ganar con deportividad y a manejar la frustración cuando algo no va bien; aumenta la atención y la capacidad de concentración para hacer el seguimiento del juego; ayuda a la socialización a través de las interacciones entre las personas durante el juego, lo que mejora las habilidades comunicativas y la capacidad de negociación.

El Parchís es mucho más que un simple juego de mesa, porque sus reglas sencillas lo hacen accesible a jugadores de todas las edades, mientras que su profundidad estratégica garantiza que nunca se convierta en un juego aburrido para quienes buscan un reto mayor. El componente social del Parchís es quizás su mayor riqueza porque pocas actividades lúdicas generan tantas emociones compartidas, tantas risas y tantos recuerdos familiares como una tarde alrededor del colorido tablero. En este sentido, el Parchís trasciende su condición de juego para convertirse en un ritual de convivencia y un vínculo generacional. Su valor educativo, terapéutico y cultural lo convierten en un patrimonio de primer orden. La transición al mundo digital, lejos de amenazar su esencia, le ha dado una nueva vida que promete mantenerlo vigente durante muchas generaciones más.








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