Adicción al Trabajo
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LA ADICCIÓN AL TRABAJO
El
trabajo es uno de los aspectos más importantes de la vida humana porque
proporciona ingresos económicos, identidad social, propósito y oportunidades de
desarrollo personal. Sin embargo, cuando la dedicación al trabajo deja de ser
una actividad equilibrada y se convierte en una necesidad compulsiva e
incontrolable, puede transformarse en un problema de salud con consecuencias
graves para la persona y su entorno. A este fenómeno se le conoce como adicción
al trabajo o “workaholism”. En las últimas décadas, la aceleración de
los ritmos laborales, la digitalización del trabajo, la conectividad permanente
a través de teléfonos móviles y la cultura de la productividad han difuminado los
límites entre la vida profesional y la personal, favoreciendo la aparición de
comportamientos de trabajo excesivo y compulsivo.
La
adicción al trabajo se define como una implicación excesiva y desproporcionada
de la persona en su actividad laboral, acompañada de un impulso interno,
irresistible y compulsivo para trabajar de forma constante, que conlleva el
abandono progresivo de otras áreas vitales como el ocio, la familia, las
relaciones sociales o el autocuidado. A
diferencia de una persona muy trabajadora o comprometida con su profesión, el
adicto al trabajo no trabaja tanto por disfrute o por motivación personal, sino
que lo hace por una necesidad interna que, si no se satisface, le genera
malestar, ansiedad, irritabilidad o sentimientos de culpa. El trabajo deja de
ser un medio y se convierte en un fin en sí mismo, y muchas veces en un
mecanismo de evitación de otros problemas personales o emocionales.
Fig.1= Adictos al trabajo.
Se estima que la prevalencia global de la adicción al
trabajo se sitúa en torno al 15% de la población trabajadora, una cifra muy alta. Diversos estudios han confirmado además que la adicción al trabajo
se asocia con un mal equilibrio entre la vida laboral y la personal, así como
con mayores niveles de estrés, ansiedad y agotamiento. Es más frecuente en
hombres de edad
mediana, especialmente si tienen puestos de responsabilidad y el país con mayor
incidencia es Japón. La adicción al trabajo tiene muchas causas en diferentes ámbitos
de la persona como el individual, el familiar, el social y el de la organización
para la que se trabaja. Hay adictos que trabajan
compulsivamente pero mantienen cierto nivel de disfrute y descanso, otros trabajan
de forma compulsiva sin disfrute alguno ni satisfacción, otros necesitan
controlar cada detalle y les cuesta delegar por miedo a los errores, y otros trabajan
en exceso por su dificultad para decir “no” y la necesidad de aprobación
externa.
Es frecuente verla en personas
con un perfeccionismo exagerado, autoexigencia extrema, necesidad de control, baja
tolerancia a la incertidumbre y con baja autoestima, ya que el rendimiento
laboral se convierte en la única fuente de validación personal y reconocimiento.
También en las personas con grandes ambiciones, deseo de poder, estatus,
reconocimiento social o ascenso profesional a cualquier precio. Hay también un
intento de no expresar emociones y el trabajo lo usan como refugio para no
afrontar conflictos familiares, de pareja o emocionales no resueltos. Son
personas que han crecido en entornos que premian únicamente el logro y la
productividad, sin valorar el descanso. Lo favorece la inseguridad económica o
laboral o el miedo a la pérdida del empleo, que empuja a la persona a un exceso
de dedicación como mecanismo de protección. La tecnología y la conectividad
permanente a través del teléfono móvil, el ordenador, el correo electrónico y las
aplicaciones de mensajería que eliminan los límites horarios del trabajo, favorecen su aparición y el mantenimiento de la adicción. Hay
muchas empresas que premian la disponibilidad permanente, las jornadas
maratonianas y la sobrecarga como sinónimo de compromiso.
Aunque puede afectar a
cualquier persona, tanto hombres como mujeres, y en cualquier sector
profesional, la adicción al trabajo es algo más frecuente entre hombres de
entre 35 y 50 años, que ocupan puestos de responsabilidad, dirección o
profesiones liberales, ejecutivos, médicos, abogados, periodistas, políticos y
emprendedores. No obstante, la incidencia entre mujeres y edades más jóvenes
está en aumento, especialmente en sectores altamente competitivos y en el
trabajo autónomo. Un rasgo característico es la falta de conciencia del
problema porque la persona adicta al trabajo raramente percibe su conducta como
patológica, y suele ser el entorno familiar o social el que primero identifica
y sufre las consecuencias.
Fig.2= Factores que favorecen la adicción.
Los síntomas y signos de la adicción al trabajo
son variados. Pueden surgir síntomas en la conducta como trabajar
sistemáticamente más de 8-10 horas diarias, de forma habitual y no puntual, llevarse
trabajo a casa los fines de semana o trabajar durante las vacaciones, dificultad
o incapacidad para desconectar incluso en los momentos de descanso, no delegar
tareas ni rechazar nuevos proyectos, clientes o responsabilidades, revisar el
correo electrónico o los mensajes de trabajo de forma compulsiva fuera del
horario laboral. Otros síntomas son mentales o emocionales como preocupación
constante y pensamientos recurrentes sobre el trabajo, ansiedad, irritabilidad
o sentimiento de culpa cuando no se está trabajando, sensación de vacío o falta
de sentido durante el tiempo libre, perfeccionismo extremo e insatisfacción
crónica con los propios resultados. También hay síntomas físicos como alteraciones
del sueño, insomnio, sueño no reparador, fatiga crónica, dolores de cabeza,
tensión muscular, mala alimentación, sedentarismo, aumento del riesgo
cardiovascular asociado al estrés sostenido.
Se considera que trabajar 55
horas semanales o más incrementa en un 35 % el riesgo de sufrir un accidente
cerebrovascular y en un 17 % el riesgo de morir por enfermedad cardíaca, en
comparación con las jornadas de 35-40 horas semanales. Con el paso del tiempo suele
aparecer hipertensión, riesgo aumentado de ictus e infarto, insomnio crónico, trastornos
de ansiedad, alteración del estado de ánimo, depresión, síndrome de burnout o quemado,
debilitamiento del sistema de defensas y mayor incidencia de enfermedades. En
el ámbito personal y social pueden surgir conflictos de pareja y con la familia,
que en muchos casos derivan en separaciones o divorcios, distanciamiento
afectivo respecto a hijos, pareja y amigos, aislamiento social y abandono
progresivo de actividades de ocio y de personas no relacionadas con el trabajo,
disminución del rendimiento laboral a medio y largo plazo debido al agotamiento
y a la pérdida de creatividad y concentración, conflictividad en el propio
entorno laboral, derivada del perfeccionismo, la dificultad para delegar y la
rigidez frente a otros compañeros.
La prevención de la adicción al
trabajo se basa en establecer límites horarios claros entre el trabajo y la
vida personal, aprender a delegar tareas y a decir “no” ante sobrecargas de
trabajo, cultivar aficiones, relaciones sociales y actividades de ocio ajenas
al trabajo, priorizar el descanso, el sueño adecuado y la actividad física
regular. Cuando la adicción al trabajo
ya está instaurada, el tratamiento más eficaz es la psicoterapia individual o
de grupo, la terapia familiar y de pareja, las técnicas de gestión del estrés y
de la ansiedad, práctica de deportes, relajación, meditación, la reestructuración
de hábitos y horarios laborales. La actuación temprana mejora el pronóstico y
acorta los tiempos de recuperación. Al igual que en otras adicciones, el primer
paso, y a menudo el más difícil, consiste en que la propia persona reconozca la
existencia del problema, dado que la adicción al trabajo suele estar
socialmente bien vista e incluso premiada, lo que dificulta su identificación
temprana.
Fig.3= Terapias de ayuda.
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