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SIGNOS QUE EVIDENCIAN LA PRESENCIA DE UN CONFLICTO


En toda situación de conflicto surgen, de inmediato, cambios en la forma de actuar de las personas implicadas que nos permiten percibir su presencia, incluso bastante antes de que se desarrolle completamente el conflicto.

Estos signos son múltiples y muy variados, por lo que sólo presentaré a continuación aquellos que son más patentes, los que son más habituales y los que aparecen de forma más evidente a los ojos de los demás.


RECONOCIMIENTO DEL ENEMIGO
Para que haya un conflicto hemos dicho que es necesario que se junten dos o más personas que hagan alguna actividad y que surja el dolor. Pero cuando una persona arrastra ya un dolor crónico heredado de otros conflictos anteriores sin resolver, le resulta más fácil recorrer el camino que le lleva al enfrentamiento.

Esto requiere que se identifique a lo que vamos a considerar el enemigo, la o las personas a las que va a ir dirigida la acción o el ataque. Claro que no siempre es fácil saber con seguridad si la persona o grupo de personas que tenemos delante son amigos o enemigos, por lo que hay quien está predispuesto a considerar enemigo a todo aquel que no esté catalogado previamente.

El enemigo tiene que tener unas características que evidencien su hostilidad o que despierten el miedo en la persona que lo observa. Cualquier acto no amistoso puede ir derivando en consideraciones progresivamente crecientes que le lleven a etiquetarle como un enemigo.

Oímos con frecuencia cómo personas que simplemente han visto en televisión una competición entre equipos de fútbol, por ejemplo, buscan rápidamente personas que formen parte del colectivo de hinchas del otro equipo para recordarles, en tono de broma o no, que "os hemos ganado".

Lo cierto es que las personas que entablan así una conversación que puede derivar en un conflicto, no han disputado el partido en el campo como los jugadores profesionales, pero sienten que ellos y los demás partidarios de ese equipo son de los suyos e identifican rápidamente a los otros, al enemigo, en el momento en que alguien se posiciona a favor del equipo contrincante.

Además, el enemigo nos obliga a tomar actitudes defensivas y a mantenernos siempre en alerta ante una posible agresión, lo que justifica las actitudes violentas preventivas expresadas muy claramente en la famosa frase "no hay mejor defensa que un buen ataque".


INQUIETUD, INCOMODIDAD Y ENFADO
Siempre que una persona se siente en peligro toma una de estas tres actitudes: lucha, huye o se queda parado. La persona que huye siempre queda inquieta porque no ha solucionado el origen de su inquietud y siente que tarde o temprano volverá a repetirse la situación de riesgo.

El que se queda parado puede evitar inicialmente el peligro, pero tampoco pone remedio al problema y mantiene una postura incómoda que lo pospone mientras no se sabe qué hacer. Pero la persona que lo encara tiene que mostrar también su lado agresivo o su enfado, lo que le lleva a mantener un estado de alteración hasta que se resuelve el conflicto.

Esos tres estados, inquietud, incomodidad y enfado, nos dejan ver que las personas que los muestran y los sufren tienen un conflicto abierto y para el que aún no han encontrado la solución.

PREDISPOSICIÓN A LA LUCHA
Cuando una persona muestra un carácter arisco, tenso y violento, dispuesto siempre a luchar nos indica que ésa es la forma con la que habitualmente enfoca sus problemas y la que piensa que es la más eficaz como estrategia de supervivencia.

Aunque, realmente, detrás de esa predisposición a la lucha se esconde una personalidad insegura, frágil y con un trasfondo de miedo que pretende vencer y esconder a través de esas actitudes violentas que desaniman y apartan a las personas menos predispuestas a luchar.

De hecho, suele ser simplemente un farol, una actitud disuasoria para que los demás se aparten y no descubran su debilidad.

No es raro ver este tipo de comportamientos en el ámbito de la economía y de los negocios, donde el poder y la ostentación que les da el dinero puede estar escondiendo una debilidad afectiva o unas carencias emocionales importantes. También en el ámbito de la política, arropados por la sensación de poder que da el ostentar un cargo público de una cierta importancia.


INTOLERANCIA FRENTE A LAS PERSONAS O A LAS SITUACIONES
La tolerancia es un signo de madurez y la intolerancia de lo contrario. El problema es dónde se debe poner el límite.

¿Podemos tolerar a un vecino ruidoso que noche tras noche no nos deja dormir? y ¿A un compañero de trabajo que quiere nuestro puesto y que nos incordia a diario para conseguirlo? ¿Podemos?.

Todo depende de los recursos de los que dispongamos para enfrentar esas situaciones conflictivas. Cuanta más experiencia y capacidad de negociación tengamos más fácil será ser tolerantes con los demás, lógicamente estableciendo ese límite razonable pasado el cual cualquier persona puede entrar en conflicto.

Pero si observamos que una persona o un grupo se muestran intolerantes frente a otras personas o situaciones, a pesar de ser evidente que no hay motivos para ello o de disponer de los recursos necesarios para resolver los problemas, entonces es muy probable que estemos delante de una persona o grupo inseguro e inmaduro que utiliza la intolerancia para esconder su debilidad.


RECHAZO, HUMILLACIÓN O DESPRECIO DE OTRAS PERSONAS
De la misma forma que la intolerancia, estas tres formas de enfrentar las situaciones difíciles nos muestran a una persona frágil e inmadura que se esconde detrás de estos comportamientos para que no sea tan evidente su debilidad.

Una persona que ha sido previamente rechazada o humillada en alguna situación estará más predispuesta a rechazar ella misma a otras en situaciones similares. Un ejemplo de esto son las novatadas que tienen que sufrir los nuevos al llegar a colectivos como la universidad o el ejército, una práctica humillante que está prohibida pero que es ciertamente tolerada y que se sigue practicando en todo el mundo. De esta forma, los veteranos, que fueron humillados en su momento cuando llegaron como novatos, son los encargados de idear las formas en que los nuevos deben humillarse ante ellos.

El rechazo puede también surgir por tener un aspecto físico diferente o que rompe con la normalidad aceptada. También puede venir como consecuencia de la presencia en una persona de defectos físicos o psíquicos.

El desprecio de otras personas es una estrategia excluyente para evitar que esas personas puedan ocupar lugares importantes o de poder dentro de los grupos u organizaciones. En un centro universitario se podría dar el caso de que una persona con un buen expediente académico que llega a pedir trabajo a un departamento, sea rechazado con cualquier excusa (una incompatibilidad, una convalidación o una condición insuperable) porque dentro de ese departamento surge el miedo a que esa persona les pueda dejar en evidencia y peligre su propio puesto de trabajo.


COMPORTAMIENTOS EXTRAÑOS, NO HABITUALES
Con la palabra "normal" describimos comportamientos que consideramos habituales y aceptados por un cierto colectivo humano. La verdad es que lo que es normal aquí puede no serlo en otro sitio o circunstancia. Por ejemplo, si nos ponemos el traje de baño en una playa o en la piscina nadie va a considerar extraña nuestra vestimenta, pero si acudimos al puesto de trabajo de la misma manera el jefe nos llamará la atención.

Así que, no resulta fácil establecer cuándo un comportamiento es normal o no, pero sí que podemos establecer si el comportamiento es habitual o no. Esos comportamientos extraños nos pueden dar la clave de la presencia de un conflicto escondido.

Pongamos el ejemplo de un adolescente que está siendo víctima del acoso o del chantaje por parte de un grupo de compañeros. Su aspecto intranquilo, su cara triste o su actitud nerviosa nos puede llevar a preguntarle si le pasa algo y darle así la oportunidad de liberar su angustia y poner en marcha una posible solución a su problema.


PASIVIDAD O APATÍA FRENTE A PERSONAS O SITUACIONES
Cuando una persona no sabe cómo enfrentar situaciones difíciles que le generan estrés o ansiedad puede tomar una actitud pasiva o apática que nos deje ver que detrás de ese comportamiento existe un problema.

La pasividad es un estado intermedio, una especie de descanso, de tregua, que nos da el tiempo y la energía necesarios para abordar posteriormente esa situación pero con unas circunstancias más favorables.

El problema surge cuando, a pesar atravesar un periodo de pasividad o apatía, no se encuentra una buena solución al problema y se opta por un nuevo periodo de inactividad. Como consecuencia de ello se puede caer en estados previos a la depresión o claramente depresivos que dificulten aún más la solución.







 
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