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La necesidad de pertenencia

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LA NECESIDAD DE PERTENENCIA

Los seres humanos somos una especie grupal, la especie en su conjunto no sobrevive sin la colaboración del colectivo de los seres humanos que la forman, lo que implica una pertenencia a ese colectivo y a sus grupos y subgrupos, como son las diferentes tribus, los clanes y las familias.

 
Aunque un ser humano puede sobrevivir un tiempo en soledad, su vida queda limitada en cuanto al crecimiento personal y al aprendizaje, la persona queda aislada y con el tiempo aparece la enfermedad y la muerte de ese individuo y la extinción de su línea genealógica. La pervivencia de la especie implica convivencia, intercambio, reproducción, sacar adelante a los hijos para que ellos a su vez saquen adelante a los suyos en un ciclo continuo de nuevas generaciones.

 
Una vez que el individuo acepta la necesidad de pertenecer a algún grupo humano, se da cuenta también que cada grupo tiene sus propias reglas o leyes, que la pertenencia a los grupos no es gratuita, que pertenecer a uno de ellos implica adaptación, colaboración y también identificación.

 
Imaginemos por un momento que apareciese un humano que hubiese sido criado en estado salvaje por algún grupo animal, la leyenda de Sabú o de Tarzán. No pertenecería inicialmente a ninguna cultura en concreto, ni tendría una religión conocida, no habría aprendido la forma cómo se vive en ninguna sociedad humana y carecería de los más mínimos hábitos de comportamiento que todos damos por supuestos ya que a nosotros sí nos los han inculcado en el grupo en el que hemos crecido.

 
Pero ese humano sería inmediatamente dirigido a un centro de adiestramiento, según el colectivo humano que le haya encontrado y poco tiempo después habría aprendido a comportarse adecuadamente para poder integrase en él. Una vez integrado dentro de esa sociedad de humanos, empezará a considerar a los que le rodean como los suyos y creará lazos que indicarán su pertenencia a ese grupo y no a otro.

 
Exactamente ocurre así cuando hay un embarazo. Los padres ya pertenecen a un grupo humano, a una cultura, a una forma de pensar, a una moralidad, etc. y le ofrecen esa complejidad a este nuevo ser humano que aún no ha nacido. Es posible que hagan planes para él o para ella y que llenen su vida incluso antes de que ese bebé pueda expresar lo que lleva dentro de él.

 
Durante una o dos décadas de su vida se le inculcarán hábitos, comportamientos y creencias con los que se identificará y con los que le identificaremos como miembro de una familia o un grupo humano concreto. Posteriormente irá contrastando esa información adquirida en su familia con la que le vaya aportando el entorno y la sociedad en la que viva en ese periodo de su vida, la cuestionará e intentará cambiarla si no le encaja bien para, en décadas posteriores, incorporarla como su propia forma de ser y luego intentar transmitirla a su entorno y a su línea genealógica si puede, pero ahora ya con menos deseos de cambiarla.

 
Toda persona pertenece a varios grupos a la vez, como el sexo, la raza, la familia, el clan, la tribu, la empresa, el colectivo, el club, la asociación, la nacionalidad, el tipo de creencias, etc., y finalmente pertenece al grupo más grande, la Humanidad.

 
La familia es el grupo que más nos suele influir en el desarrollo de nuestra forma de ser y también es en el que las leyes de pertenencia son más fuertes y estrictas. Las normas que nos imponen otros grupos sociales como el sitio donde trabajamos o el país donde vivimos son importantes, pero condicionan en menor medida la personalidad del individuo.

 
Los rasgos físicos, la forma de actuar, de pensar, las creencias y un largo etcétera de factores son los que utilizamos para reconocer la pertenencia de un individuo a un grupo humano, pero, además, esa pertenencia se rige por unas sencillas leyes básicas y otras más complejas, algo que nos ha ilustrado magistralmente Bert Hellinger al describir las leyes de pertenencia a los grupos humanos.
 

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