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La familia

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LA FAMILIA

Esta unión entre varios seres humanos es la más intensa, no sólo implica intereses comunes sino que además tiene lazos de sangre, convivencias largas y en la intimidad.

La mayor parte de las familias tradicionales surgen de encuentros espontáneos entre hombre y mujer que poco a poco van derivando en intereses personales, de convivencia y, finalmente la tendencia a mantener la especie a través de la reproducción y la generación de nuevos miembros de la familia. El inconsciente del ser humano proyecta ese objetivo final reproductivo de la unión entre hombre y mujer, yin y yang, dentro de la estructura de una familia, aunque durante un tiempo, pueda no haber hijos por darle preferencia a otros intereses de consolidación, como ahorrar dinero, viajar o comprar un piso.

Una vez que un hombre y una mujer establecen una unión íntima que pretende ser duradera, se tiende a hacer algún rito o ceremonia pública que certifique que esa unión tiene un carácter serio y que se acepta el vínculo de sus miembros y de sus respectivas familias (Fig. 18).

En una familia conviven, habitualmente, tres generaciones: la de los abuelos, la de los padres y la de los hijos. A veces, por la longevidad de los abuelos, pueden convivir cuatro o hasta cinco generaciones, pero es menos frecuente.

De cada pareja pueden surgir hijos que, a su vez, pueden formar nuevas parejas, tener sus propios hijos y formar nuevas familias creando una línea genealógica familiar. Cada abuelo ha sido nieto, hijo y padre anteriormente, siendo así miembro de su familia de origen, pero cuando forma la suya crea una nueva que será su familia directa, la que generan los dos nuevos individuos que se unen.

Fig. 18: Celebración de una boda.

Las familias tienen identificadores de reconocimiento entre miembros, el principal es el visual, los miembros se aceptan unos a otros porque se conocen entre sí, pero cuando los lazos no son tan cercanos es necesario identificarse o bien a través de otro miembro o a través de datos verificables.

Uno de los identificadores más importante es el nombre y los apellidos. El nombre nos identifica como individuo singular dentro de la familia, pero el apellido es el sello de pertenencia. El origen de los apellidos es variado pero, según el idioma, hay una manera que permite saber que el apellido significa que uno es hijo de alguien. En español es la terminación en “-ez”, como “Fernández”, es decir, el hijo de Fernando y, después, toda su saga. De igual manera ocurre con “López”, “Rodríguez” o “Martínez”, hijos de Lope, Rodrigo o de Martín por poner otros ejemplos. En el idioma inglés hay dos formas de identificarlos, una es anteponiendo el “Mc-”, como en “McArthur”, el hijo de Arturo y otra añadiendo al nombre “-son” como en “Johnson”, el hijo de Juan.

Otros identificadores de familia basados en el apellido indican el lugar de origen de la familia, por ejemplo “Cuenca” o “Toledo”, la zona de donde provienen “Del Valle”, “Del Rio” o “Del Castillo” o el oficio que tenía el fundador de esa rama familiar “Carpintero”, “Obrador” o “Platero”, por ejemplo. Todos estos identificadores han ido perdiendo fuerza a medida que las ramas familiares se han ido multiplicando; ya no reconocemos a todos nuestros familiares que comparten el mismo apellido, puesto que son muchos y los lazos resultan lejanos, aunque siempre nos recuerdan que esa persona que tenemos delante y que tiene nuestro mismo apellido tiene las mismas raíces que nosotros.

Resulta curioso que, en algunas culturas actuales como la anglosajona, el apellido de la mujer se pierda al contraer matrimonio y adquiera el de su marido, así como todos sus hijos, lo que hace que los apellidos cada vez sean menos variados porque se van perdiendo al pasar varias generaciones. En la tradición española, la mujer mantiene su apellido al casarse, pero suele ocupar el segundo lugar detrás del nombre y el primer apellido, si no se expresa el deseo de que no sea sí. Esto ha provocado que, en los últimos años, algunas familias antepongan el apellido de la mujer al del hombre, manteniendo así la importancia del origen familiar de la madre.

Cada miembro de una familia ocupa un lugar, generalmente asociado al momento o a la forma de su llegada a ésta, y a cada lugar que se ocupa se le da un nombre: padre, madre, hijo, cuñado, tío, primo, etc.; una vez que uno ocupa un lugar directo en la familia es para toda la vida con ligeros cambios de adaptación. Los lugares pertenecientes a las personas que se añaden a la familia son más cambiantes. Además, cada lugar en el grupo implica una forma de comportase y que corresponde a lo que se espera de la persona que ocupa ese lugar, es decir, si un miembro de la familia es el tercer hijo tendrá unas funciones adquiridas por llegar en ese lugar y, aunque siempre lo será, puede que fallezcan los dos primeros hermanos y que tenga que asumir algunas funciones de sus dos hermanos anteriores en esa situación.

También el sexo es muy importante en la familia, ya desde el nacimiento pues se generan relaciones de acercamiento por similitud entre los miembros del mismo sexo y de complementariedad en los del sexo complementario. Además, dado que el reparto inevitable de papeles que se desempeñan dentro de la familia, especialmente durante la crianza de los hijos, los factores biológicos e instintivos favorecen que las mujeres suelan dedicar un importante tiempo de sus vidas a esta función, especialmente en el embarazo, parto y lactancia. Los hombres pueden realizar también una importante labor de apoyo en esos procesos biológicos propios de la mujer, acompañándolas y dedicando más esfuerzo para conseguir que todo vaya bien. Los dos juntos, además, asumirán funciones comunes de la manutención y educación de los hijos.

Según van llegando los hijos, sus padres, hermanos, tíos, abuelos, etc. los van reconociendo y colocando dentro de la familia de origen y los educan y les transmiten la información que tiene esa familia, adquiriendo la personalidad del grupo familiar (por ejemplo, los López). Los lazos que se establecen en este periodo de la vida son tan intensos que es muy difícil no arrastrar alguna lealtad generada en esta época. Si una pareja se ha separado y el hijo se ha criado solamente con la madre, esto generará una dependencia física y emocional del niño hacia ella, pero después se puede transformar, cuando sea mayor, en la necesidad de devolver esos cuidados hacia la madre que le ayudó a salir adelante, aunque a veces el dolor que se puede generar en la convivencia puede romper esos lazos.

Los miembros de la familia que provienen de lazos adquiridos a través de una unión matrimonial siempre suelen ocupar lugares de menor relevancia en la familia de origen de la pareja, ya que han llegado los últimos y no son aún reconocidos por sí mismos o por sus actos sino por la relación que tiene con el miembro de la pareja que sí pertenece a la familia. Dado que esta elección puede no durar en el tiempo, a ese nuevo miembro adquirido de la familia se le hace un sitio, pero no es tan importante como el que ocuparía en su propia familia. Esto suele provocar importantes crisis en la pareja, especialmente en la relación entre suegra y nuera y entre suegra y yerno.

Los sucesos que ocurren en las primeras dos décadas de la vida dentro de una familia conforman, probablemente, más del 30% de lo que reconocemos que somos y con lo que nos identificamos cuando decimos “yo soy” y que después completamos diciendo torpe o listo, trabajador o vago, por ejemplo, a pesar de que lo que ponemos detrás de ese “yo soy…” sean cosas que la familia nos puede haber condicionado a ser en función de sus necesidades. Un padre que no pudo estudiar puede intentar que sus hijos sean especialmente aplicados, estimularles a sacar buenas notas y a estudiar carreras universitarias. Pero si los hijos no pueden alcanzar los objetivos inicialmente marcados por los padres se generará la sensación de fracaso.

Las muertes o enfermedades de los miembros de la familia de origen van a marcar definitivamente la personalidad de sus miembros. Una madre que pierde a su padre cuando está embarazada de su hijo tenderá a ver en ese hijo lo que echa de menos de su padre. Una mujer que pierde un hijo cuando ya ha tenido la ocasión de conocerle y criarle tenderá a estar triste y a proyectar en un nuevo embarazo los miedos o las culpas generadas por esa pérdida.

Vemos así que las lealtades que genera la convivencia y los lazos de sangre condicionan mucho la personalidad y la forma en que desarrollamos nuestro carácter, hasta tal punto que muchas de las circunstancias familiares nos hacen tomar decisiones que marcan nuestras vidas.

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